VIAJEROS O TURISTAS, EL VIAJE PERSONAL DE BRUCE CHATWIN

No son buenos tiempos para el viajero, quizás nunca lo han sido.  En esencia, la vida del viajero choca frontalmente con la estabilidad ante la que solemos doblegarnos.  Hasta el espíritu más libre termina por someterse a la rutina.  El mundo, en suma, está lleno de viajeros frustrados, muchas veces convertidos en turistas de fin de semana.  Nunca en la historia había sido tan fácil viajar para tanta gente.  Los vuelos low-cost, vistos en perspectiva, podrían haber despertado esperanzas a todos aquellos aspirantes a Kapuscinski que dieron con sus huesos en la oficina demasiado pronto, pero no fue así.  Ni Ryanair, ni el AVE, ni ALSA…  por muchas facilidades que tengamos el porcentaje de viajeros permanece inalterable, es decir, en dosis ridículas.  Está muy bien que el abaratamiento de los costes facilite los desplazamientos entre países, pero no bastaba con eso para conseguir que la gente ganara en amplitud de miras.  Porque una cosa es ser turista, y otra bien distinta ser viajero.  Esto parece una cuestión que hunde sus raíces más al fondo.  De igual modo, el éxito de los best-seller no vale para aumentar el número de escritores geniales, ni la irrupción de la fotografía digital ha dejado muy atrás a genios como Cartier-Bresson.  Todo esto ayuda, en la medida en que dota de mayor popularidad a las artes, pero quien tiene vena de artista se enfrenta a barreras mucho más elevadas que la económica o tecnológica.  Me quedo con la boca abierta viendo las fotografías de William Fox Talbot tanto como las de Emilio Morenatti, y es por esa misma razón que al calor de Ryanair y compañía no crecen figuras como la de Bruce Chatwin.

Atribuir el sino viajero de Chatwin a una pulsión irrefrenable puede ser una trampa.  Lo cierto es que decidió abandonar su trabajo en la galería Sotherby’s a consecuencia de una enfermedad en los ojos.  Para su sorpresa el oculista le reveló que la única causa era psicosomática.  Por ello le recomendó dejar de mirar cuadros y empezar a centrar la vista en horizontes lejanos. Sencillamente, resultó que la insatisfacción que sentía con su trabajo se había exteriorizado en forma de enfermedad.  El remedio no pudo ser más acertado porque a partir de entonces Chatwin encontró la forma de dar salida a su actitud viajera.  Abandonó la ajetreada vida londinense de un experto en Impresionismo francés por viajes intrépidos sin certeza alguna.  A su entender era el cambio lógico, pues consistía sencillamente en reformular su bien más preciado: su actitud observadora.

Chatwin se dejó llevar por impulsos.  Tras un viaje al Sahara descubrió la necesidad de evocar esa sensación de amplitud, así como de documentar el fenómeno del nomadismo.  A ello dedicó el resto de su vida, que no fue muy larga proque murió a los 48 años de edad, en 1989.  Viajó a la Patagonia porque para él era el lugar más remoto al que había llegado la especie humana, que nació en el corazón de África y conquistó continente tras continente a pie, hasta llegar al recóndito cono sur de América.  Para Chatwin había algo casi místico en la acción de caminar.  En su caso respondía al espíritu viajero que, a la vista está, le distinguía del resto de sus contemporáneos.  Es ese mismo espíritu el que ha empujado al hombre a conquistar la tierra y el que carga de desasosiego a ciertos sujetos que, desde el seno de nuestras sociedades, sueñan con el momento de dar esquinazo a todo cuanto tienen y echar a andar.  Chatwin estudió ese desasosiego y la insatisfacción de quien viaja de un lugar a otro sin rumbo determinado.

Así lo explica en ‘La Nostalgia del Espacio’ (Seix Barral, 2002), donde además de las percepciones del periodista italiano Antonio Gnoli se incluye una entrevista que el escritor inglés concedió a éste en 1982, tras la publicación de ‘En La Patagonia’.  Nos enteramos aquí de que para Chatwin la necesidad de narrar estaba por encima de la dicotomía entre realidad y ficción.  Nunca tuvo ningún reparo en modelar la realidad para explicarla a su manera.  Además, huía de los centros narrativos y en definitiva de cualquier elemento literario que pudiera contener cualquier atisbo de presunción.  En el momento más revelador de la conversación Gnoli no duda en preguntarle qué le empuja a vagabundear por los desiertos africanos o por la vastedad de la Patagonia (sic), a lo que Chatwin responde con otra pregunta:

Quizá la necesidad de caminar.  ¿Acaso el hombre no ha nacido para eso?

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