WASHED OUT O LA VUELTA AL AGRO

Dubstep de festival, rock mesiánico de estadio, schranz de nave abandonada y pop de dormitorio.  Un pop que se evapora solo con pensarlo, como el de Beach House (oooh).  Algunos lo llamarán, incluso, dream pop.  No se puede negar que es pop cargado de rollo new age.  Hablo de Washed Out.  

Y digo que es pop de dormitorio porque el hombre que hay detrás de todo esto, Ernest Greene, no es sino uno más de los hikikomoris que desde tiempos de Burial ocupan las listas de lo mejor de las ofertas musicales.  Greene no es de Londres, ni de ninguna de las mecas culturales que tengamos en mente.  Procede de un pueblo sureño de Estados Unidos.  Aquí otra vez MySpace obró el milagro y dio a sus composiciones la repercusión que se merecían.

Esta misma semana hacía referencia a otro genio del dormitorio, Rustie, pero hoy la cosa no va de electrónica intrincada.  Greene se deja llevar por los ritmos lentos.  Plantea una vía de escape bien distinta a la rave mediante sintetizadores y ecos.  Su disco, Within and Without, es una sucesión de esos elementos en sus nueve tracks, que podrían resultar demasiado parecidos entre sí.  Ya el primero, ‘Eyes Be Closed’ -gana en esta versión en vivo-, da una idea clara del conjunto.  Temas como ‘Soft’ son eso, suaves a más no poder, pero consiguen una tensión que ya quisieran muchas canciones de hard-tech.   En ‘Belong’, el punto álgido de los 80, la percusión cobra protagonismo, pero al final del disco te das cuenta de que no hay nada que se salga ni un ápice de la idea principal.

A mucha gente esta circunstancia podrá resultarle cargante, así como los estribillos etéreos a más no poder.  “Design, you’ve got / The life to guide / Your faith decides / The world’s your goal to find”.  A mí me encantan.  Me los tomo como inocentes alegatos de libertad.  Música sensual de sentimientos a flor de piel, o en carne viva, según se mire.  Apunte exclusivamente musical: en la producción ha contribuido Ben H. Allen, quien ya trabajara con Animal Collective.  Los de Baltimore suelen ponerse veinte veces más espléndidos y grandilocuentes que el de Perry (Georgia), pero en pistas como ‘My Girl’ no cuesta encontrar un rastro que una ambas propuestas.

La música de Washed Out no podría haber salido de un lugar muy distinto a la Georgia rural.  El sincretismo cultural de ciudades como Londres y Nueva York habría contaminado, con CO2 y nitrógeno, el paisaje sonoro de Greene.  Internet, en cierta forma, brinda esta vuelta a los orígenes, porque para post-modernismo ya está la red de redes.  Hoy en día no hace falta mudarse a la ciudad para petarlo en el mundo de la música.  Yo, que le doy mil vueltas a todo, veo en esto un regreso inesperado al agro, a la vida que la gente solía llevar antes de mudarse a las grandes capitales para dárselas de guay.  El momento dulce que viven el World Music, el tropicalismo o los ritmos africanos tiene que ver con esto, también el Nu-Folk norteamericano.  Hoy es la tendencia en la música que se precie, pero mañana podría serlo en el resto de disciplinas artísticas y quién sabe si se erigirá como la gran premisa a seguir en la sociedad.  Soy demasiado joven para haberlo vivido, pero durante el declive del Imperio Romano las personas ya  huyeron de la inseguridad y de unas condiciones de vida que iban a menos en las ciudades.  Volvieron en masa al campo y sentaron las bases del feudalismo.  En estos tiempos que corren todo parece ir en contra de las ciudades de aire pijo y estilo insalubre.  La propuesta de Washed Out en sus canciones y sus videoclips no se limita a lo musical.

Es una propuesta vital.  Las satisfacciones que solo el contacto con la naturaleza puede ofrecer resultan mucho más atrayentes que las ofertas de ocio en los centros comerciales.  Cada vez está más cerca el momento en que el pueblo supere a la ciudad en el ranking de moderneo, si no al tiempo.

Mientras recorría interminables caminos en la Inglaterra rural había contadas canciones que cumplieran con el papel de banda sonora.  Una de ellas es la atmosférica ‘Call It Off’, cara B del single para ‘Amor Fati’ que merecía estar en el disco.  Es un tema atropellado, con unas reverberaciones inmensas que amenazan con reventar el mp3.  Sus tres minutos y medio saben a poco, pero es la medida justa, más tiempo resultaría altamente contraproducente.  Es ponerme de nuevo esa canción y recordar cómo me inclinaba y dejaba que el agua de los arroyos me llenara las palmas de las manos.  Entonces bebía como beben los animales, como bebíamos todos antes de montar este tinglado de la era industrial.

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