JORGE CARRIÓN (Ed.) – MEJOR QUE FICCIÓN

A vueltas con el concepto de crónica.  Hace poco mandé al carajo todas las páginas con líneas subrayadas, casi única rémora de mi época universitaria, en las que se pretendía explicar de manera torticera por dónde respira una crónica y cuáles son los elementos que la convierten en tal.  Solo de pensar en ello me viene a la mente el nombre de José Luis Martínez Albertos, uno de esos nombres con dos centímetros de polvo (¿o era caspa?) sobre cada letra.  Mala señal porque ello conllevaba, irremediablemente, grandes tochos de hojas amarillentas, hora tras hora ganándole terreno a los apuntes en la biblioteca y la sensación de que era un esfuerzo en balde.  Yo era más de pasar el rato en la hemeroteca, leyendo el Heraldo de dos semanas atrás y revistas de esas con tiradas ridículas.  También me lo pasaba piruleta leyendo a Kapuscinski, un cronista de los de toda la vida.  Lo prefería a la cafetería, sin duda, donde a su manera también imperaba un ambiente bastante casposillo.

De nuevo, tratar de definir un concepto tan amplio como el de crónica resulta, cuanto menos, pretencioso, máxime teniendo en cuenta el carácter híbrido de la crónica, que la convierte en un género fronterizo entre la noticia y la literatura.  Es un lío de bemoles porque también hay quien entraría a discutir si acaso no hay literatura en la noticia, o actualidad en mucha literatura a la que se le presupone libertad como el viento y el verano.  No sé por dónde respira una crónica, pero sé que respira.  En el mejor de los casos es un concepto que sirve para referirse a algunos artículos del periódico de los domingos.

Y para subtitular libros.  “Crónicas ejemplares”, reza el subtítulo de ‘Mejor que ficción’, cortesía de Anagrama.  Estas historias son mejores porque además de geniales son ciertas.  Un total de 21 autores dan fe de ello.  En cierto modo la realidad solo es aquí una excusa para hacer literatura de la buena.  Autores de multitud de países latinoamericanos, también de España.  En este libro hay muchos acentos y términos con los que, al menos aquí, no nos solemos encontrar a la vuelta de la esquina.  El editor es precisamente un experto en esto de los términos inaprehensibles, Jorge Carrión, profesor de la Pompeu Fabra de Barcelona.  En el prólogo da buena cuenta de la confusión que despierta el término, y al final añade un ‘Diccionario Abreviado de Cronistas Hispanoamericanos’ (incluye españoles) que se antoja muy útil para seguir perdiéndose por los vericuetos del género.

Dentro de la compilación hay capítulos que parecen sacados de una novela de realismo mágico.  Hay mucha primera persona y mucha personalidad.  Hay pasión en extremo, como el que emana de ‘Las amapolas también tienen espinas’, donde el chileno Pedro Lemebel habla de sexo furtivo entre homosexuales.  Hay crónicas narradas por clientes de turoperador (‘La guerra en Estambul’, de Juan Pablo Meneses) y por grandes retratistas de las palabras (pienso en el largo perfil de Fidel Castro que dibuja Edgardo Rodríguez Juliá, cargado a partes iguales de respeto y escepticismo hacia la Revolución Cubana).  Juan Villoro hace de la sociedad japonesa una definición solo al alcance de los grandes observadores.  No podría explicar más en menos palabras, y no podría explicarlo mejor.  Mientras, Juan Gabriel Vásquez recurre a los diálogos y la disparidad de opiniones para hablar de una comunidad autogestionada del sur de la India.  Guillem Martínez se sirve de post-moderneo para narrarnos las memorias fragmentadas de un charnego del baby-boom en el extrarradio barcelonés allá por los setenta.  Hay, en suma, retratos magistrales de sociedades y culturas dispersas, y las hay para todos los gustos.

Son crónicas entre 1995 y 2011 que dan un soplo de aire fresco a los que no solemos acceder a las revistas literarias, porque todas ellas fueron publicadas en medios de esa naturaleza salvo ‘El rastro de los huesos’, de Leila Guerriero, aparecida en El País Semanal.  De hecho los semanarios dominicales son, junto a los periódicos, el último reducto de reporterismo (también gráfico) de este calibre en la prensa mayoritaria.

Algo más de 400 páginas después me quedo con una frase: “Stanley era básicamente un mentiroso: un gran cronista”, apostilla un ingenioso Martín Caparrós al definir a Henry Morton Stanley, reportero con alma de explorador.  Desde mi humilde punto de vista, la crónica es además un formidable ejercicio de imaginación, esencial para hilvanar conversaciones y anécdotas y hacer de ellas algo legible, más largo que una simple noticia, y por supuesto más interesante que una noticia de candente actualidad.  La crónica es, a su manera, un ejercicio de exploración como los de Kapuscinski, Caparrós y Stanley, como los de tantos cronistas a los que los teletipos les saben a poco.

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