EL FINAL DE LA VIOLENCIA

La vida no es una película con final cerrado.  En la vida real los desenlaces suelen ser largos, a veces tediosos, y no del todo redondeados.  No existe un desencadenante final, sino multitud de factores que hacen mover la historia en un sentido u otro.  La fuerza de contenido y complejidad de esos finales no caben en un teletipo, ni siquiera en los libros de historia.  Esta es la razón por la que los grandes entusiasmos están ahora fuera de lugar.  Habrá que darle tiempo a los acontecimientos para ponerlos en orden, pero sí podemos reafirmar ya hoy mismo una tendencia imparable.  Una dinámica conseguida gracias al tesón de la gente que ha trabajado desde la base para modelar quienes hasta hace poco se atrincheraban tras el hacha y la serpiente.  El terrorismo vasco no ha desembocado en un conflicto abierto entre dos bandos diferenciados, tampoco ha servido de precedente válido para todo aquel que buscara hacerse respetar mediante la violencia.  Este resquicio de conflicto armado se ha diluido -se está diluyendo- pasito a pasito, delante de nuestros ojos.

Hay quien se deshace en frases hechas para vanagloriar la impasibilidad de las fuerzas democráticas y la lucha sin tregua que han librado los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado.  De acuerdo.  Grosso modo los demócratas hicieron su trabajo, no cedieron aunque a veces cayeron en unas negociaciones directas con los terroristas, condenadas al fracaso y casi rozando lo inmoral.  Entretanto, las fuerzas de seguridad se han jugado el pellejo para evitar que el terrorismo fuera a más.  Sin embargo, para hacer honor a la verdad deberemos admitir que su papel se ha limitado siempre a eso: evitar que el problema fuese a más.  Por mucho empeño que pusieran las autoridades españolas siempre ha habido adeptos a la causa terrorista.  En los años de sangre y fuego, los de los GAL, los de los secuestros, torturas y asesinatos a manos de mercenarios extranjeros, en definitiva, en esos años de terrorismo de Estado, la llama estuvo más viva que nunca.  Desde los inicios de Euskadi Ta Askatasuna ha habido chavales y no tan chavales haciendo fila para contribuir, mientras los etarras disponían de más chivatos que la Guardia Civil, y ya es decir.  Por tanto, tendremos que proclamar que el cese definitivo de la actividad armada es triunfo, por encima de todo, de las sociedades vasca y navarra.  Ellos han dado la espalda de manera valiente a los que mediante las armas permitían tutelarles, y finalmente han llevado a los violentos a su redil.  Como muestra de este protagonismo, los grandes partidos españoles han quedado al margen en esta última fase del proceso.  Un proceso minucioso y casi poético que trae consigo el final esperado, más elíptico que redondo, como deben ser los finales para resultar sólidos y convincentes.

La necesidad de una estrategia exhaustiva y prolongada para dar por acabado el terrorismo está reflejada en las tesis de Brian Currin, el abogado sudafricano que ha empujado en ese sentido.  Se trataba de convencer al conjunto de ETA y evitar así la aparición en espiral de un grupúsculo cada vez más radicalizado.  Para ello hace falta todo el tiempo del mundo, así como una tupida red de contactos que llegue hasta la cúpula misma de la organización.

A ciencia cierta en esta red inacabable de conversaciones ha cundido el ejemplo de Cataluña, tomado a rajatabla por Bildu.  Su triunfo histórico en las elecciones municipales de mayo, con un 25 por ciento de los votos, no hace sino demostrar que ese es el camino a seguir, y además constata que la violencia anterior solo ha servido para dispersar apoyos.  Es la lógica aplastante de la política.  Sin violencia de por medio, los independentistas catalanes caminan seguros hacia una eventual consulta soberanista de la que cada vez se habla más alto y claro.  Presumiblemente a Euskal Herria también le llegará ese momento.  El bipartidismo ha puesto su particular granito de arena en esta dinámica.  La reforma constitucional express acordada en dos tardes de agosto deja en entredicho el discurso mantenido por muchos políticos en contra de dichas consultas, al argumentar su falta de acomodo en la pétrea Constitución de hace 33 años.  No es ninguna locura afirmar que la inconformidad hacia la Carta Magna crece al mismo ritmo que su rechazo a la Corona.

No ha sido el único factor de cambio, ni siquiera el más importante.  El terrorismo internacional, tan alejado por sus latitudes e idiosincrasia, puso a todos los gobiernos en coalición contra los terroristas de cualquier signo, al tiempo que dejó en entredicho un modelo de terrorismo de baja intensidad que, por jerarquizado, perdía eficacia frente a la corriente nihilista y cibernética encarnada por Al Qaeda.

Por si fuera poco, en 2008 la crisis económica cayó como un mazazo sobre nuestras cabezas, y el terrorismo comenzó a descender vertiginosamente en la lista de preocupaciones de los españoles.  El terrorismo, por definición, busca captar la atención de las masas, pero si estas andan preocupadas en otros menesteres, ya se sabe, la violencia pierde su razón de ser.  En definitiva la postura de los violentos era insuficiente ante una sociedad más pendiente del monedero que del DNI.  El azar ha querido que incluso el anuncio del cese definitivo de la violencia quede relegado a posiciones menos nobles en los portales internacionales.  El responsable hay que buscarlo en Sirte (Libia), donde Gadafi se ha adelantado por unas horas y ha recibido varias balas mortales.

No es descabellado que alguien mirase con recelo la llegada del PP al Gobierno español.  En Euskadi ya gobernaba la derecha en una débil alianza con los socialdemócratas.  El cerco se estrechaba.  La espada de Damocles podría caer de manera inminente.  Los de dentro sabían que era una cuestión menor: el proceso era irreversible.  Tampoco habría sido determinante la ilegalización de Bildu y de hecho no lo fue la de Sortu.  Los negociadores del entresuelo, después de años de remover montañas, comenzaban a recoger los frutos de su trabajo.

Con ETA infiltrada hasta la médula, las posibilidades de los terroristas se reducían.  Los presos, históricamente actores respetados del mundo abertzale, suavizaban sus posiciones hasta el punto de desmarcarse por completo.  Puede decirse que allá adonde mirasen, los integrantes de Euskadi Ta Askatasuna se veían cada vez más cercados.  La conferencia de paz celebrada esta semana en San Sebastián bajo el auspicio de la izquierda abertzale solo ha sido una forma de edulcorar el final para no evidenciar un fracaso rotundo.  En un escueto comunicado los mal llamados mediadores internacionales sentaban unas bases asumibles al tiempo que trascendentales para los que insisten en la lucha armada.  Al margen de estas florituras el final de la banda se escribió hace ya mucho tiempo.  ETA reaccionó al último proceso de paz con un sonado atentado en la T4 y la izquierda abertzale, con Arnaldo Otegi a la cabeza, decidió darle la espalda.  Pasos insuficientes que no caerán en balde.  Esa fue su inyección letal.

Para confirmar este final ahora hace falta tiempo.  Más de 200.000 exiliados dentro del territorio español y francés no volverán a sus pueblos de la noche a la mañana.  Tampoco tienen por qué hacerlo, una vez se han asentado junto a sus familias a cientos de kilómetros de casa.  En Irlanda del Norte recorrieron este camino hace ya unos años y todavía ahora de vez en cuanto tienen algún sobresalto, a veces con muertos de por medio.  Hace falta tiempo para acostumbrarse a vivir sin escoltas.

Tiempo para que cada parte implicada o involucrada sepa ocupar su lugar.  Que se reconozca honrosamente a quienes lidiaron con la realidad vasca, como los funcionarios de prisiones, quienes han venido sufriendo una sevicia diaria mal recompensada.  Tampoco está de más tener en consideración a todos aquellos detenidos en régimen de incomunicación que no debieron estarlo.  Asimismo, es preciso plasmar mediante el voto un rechazo unánime a todo aquel que quiso ganar unas elecciones mediante la instrumentalización del miedo.

Tiempo para poner en orden el papel de las víctimas, quienes siempre deberán ser atendidas pero que no por ello habrán de erigirse como grupos de presión decisivos.  Dejar de poner el número de muertos por encima de la mesa.

Tiempo para que alguien diga de una vez dónde está Josu Ternera, quizás un actor en la sombra de todo este proceso si sus problemas de salud no le han llevado a retirarse definitivamente.  Unos días antes de las negociaciones de Argel fue detenido por las fuerzas de seguridad.  Por otra parte Jesús Eguiguren reconoce abiertamente que se reunió con él.  Resulta extraño pensar que todo un presidente del PSE admitiera tal cosa sin tener constancia de que el Gobierno español conoce el paradero del fugitivo.  Entretanto, será necesario que pase el tiempo para que las armas caduquen en sus zulos, para asegurarse de que entre las juventudes radicales no se enciende una nueva mecha que derive una vez más en kale borroka.

En resumidas cuentas: tiempo para cicatrizar las heridas.

Va llegando la hora de que se sepa qué ocurrió.  Es vergonzoso, pero después de 40 años de conflicto vasco aún somos muchos los que tenemos serias lagunas sobre qué ha sucedido en Euskal Herria, dónde empieza y acaba el conflicto social.  Sin duda, la realidad vasca debe ser objeto de rigurosos estudios, a ser posible imparciales y siempre públicos.  Los españoles querrán comprender el origen del conflicto en una sociedad como la vasca que, en buena medida, ha vivido fragmentada.  A ello hay que sumar una fractura informativa que solo ha servido para apartar a españoles y vascos.  Por qué en uno de los municipios más ricos de España, Getxo, se encuentran víctimas y verdugos en una misma familia.  Por qué muchas personas con la luz pagada de por vida han guardado explosivos en el txoko.  Acostumbrados a movimientos insurgentes motivados por la hambruna y la falta de oportunidades, la existencia de terrorismo en un territorio económicamente privilegiado hace pensar en otras causas bien distintas.

Las nuevas generaciones no se conformarán con los discursos huecos que han salpicado los telediarios hasta ahora. Los medios de comunicación, acólitos como ellos solos, han hecho el caldo gordo a los Gobiernos que uno tras otro han pronosticado desde hace décadas una perogrullada mayúscula: el final del terrorismo está cerca.  Una prueba más de que la información de las trilladas fuentes de la lucha antiterrorista es una moneda de cambio de incalculable valor, capaz de poner y quitar del sitio a redactores y jefecillos.  Durante todo este tiempo ha sido impensable que quien gozara de dichas fuentes pudiera también disponer de contactos en la izquierda abertzale, y viceversa, con lo que los medios próximos al polo soberanista también deberían hacer examen de conciencia.  La paz debe traer consigo una información más independiente y plural.

Huelga decir que quedan bastantes asuntos por resolver.  No obstante, afortunadamente cada vez más esos asuntos son de causa menor.  Pienso en el problema de hacinamiento en las cárceles y quizás algunos flecos sueltos de la política penitenciaria, a la que ahora muchos van a mirar con lupa habida cuenta de los cientos de presos etarras en Francia y España.  Aspecto de mayor gravedad es el del Derecho de Autodeterminación, reconocido en la carta fundacional de Naciones Unidas.  Si bien España firmó dicha carta, hasta la fecha hablar de ese derecho en nuestro país es poco menos que buscarse la ruina.  De nuevo, el ejemplo catalán jugará a favor de los partidarios de una consulta.

Por otra parte, Naciones Unidas, Amnistía Internacional e incontables organizaciones nos sacan los colores en cuanto a supuestas torturas por parte de las fuerzas de seguridad, así como por el largo régimen de incomunicación que permiten las leyes.  Estas denuncias no se concentran solo en Euskadi, sino también en centros de acogida de inmigrantes en el sur y en las grandes ciudades.  ¿No ha llegado el momento de aclarar también este punto?  ¿De explicar a la sociedad por qué a pesar de interponerse miles de denuncias apenas se investiga sobre unas pocas?  No es prudente responsabilizar a los agentes del orden de delitos así, pero el quid de la cuestión radica en que, con su negativa a investigar, el propio sistema judicial está arrojando una sombra de sospecha que nos deja en evidencia en el exterior y que aquí dentro queda silenciada por los siempre dóciles medios de comunicación españoles.

Estas y otras cuestiones deben marcar la política vasca en los próximos años.  Prepárense porque vienen curvas.  Habrá que vaciar los cajones, levantar el dedo acusador, encontrar y detener a muchos terroristas más, colegir hechos que hasta la fecha se siguen queriendo ocultar.  Se ha dado un paso, pero no deja de ser un avance más en una larga cadena de asuntos pendientes.  No va a ser un camino de rosas y por eso no hay que bajar la guardia.  Por muy irreversible que sea el actual proceso, cualquier paso en falso o un exceso de confianza podrían resultar fatales.  Lo más importante es que la sociedad siga madurando la reconciliación sin escuchar demasiado ruido.  Esperemos que así sea.  De esta forma ETA sería recordada como el último reducto de terrorismo de élite en la Europa occidental.

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3 respuestas a EL FINAL DE LA VIOLENCIA

  1. Jacobo dijo:

    Sin la lacra del terrorismo, rencores y silencios forzados, el Pais Vasco, Navarra (e incluso la Rioja) van a ser imparables. Sin duda son los sitios más ricos de España en casi todos los sentidos (tanto en en términos agropecuarios, como de innovación, métodos de gestión empresarial, …). Sin problemas artificiales pueden crear la realidad que quieran. Así que les auguro un futuro separado del resto de la península a nivel de DNI (por supuesto no a nivel comercial, sentimental, cultural y europeo). Si los catalanes también siguen ese camino (en este caso hay más dudas respecto a su riqueza real, con concierto o sin él) me parece que la comunidad española, antiguo reino medieval, situada entre ambos lugares saldrá muy beneficiada como polo de unión entre ambas realidades y por su riqueza modesta pero suficiente para los habitantes de esa tierra. Así que quizá debemos empezar a cambiar la mentalidad si queremos adaptarnos a la nueva realidad que arrojará el siglo XXI sobre este aristocrático continente, que ve como todo su mundo cae y cede el mando a los países emergentes. Así que, como hizo la aristocracia hace 2 siglos, tendremos que pactar con ellos y vivir del glamour y la grandeza de tiempos pasados, ya que ellos no tendrán nuestra historia y será lo único que nos diferencie.

    • fenrisolo dijo:

      Desde luego es un territorio privilegiado. En una región más pequeña que la provincia de Zaragoza habitan no menos de dos millones de personas, las cuales mantienen un tejido industrial admirable, un sector agrícola auspiciado por la buena gestión, las frecuentes lluvias y las tierras fértiles, un entramado empresarial de primer orden… Un país que puede dar mucho de sí, al igual que Cataluña. ¿España saldrá muy beneficiada al estar en medio de ambos? En ese caso, los aragoneses estamos en la punta de lanza 😀

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