EL TALENTO DE LOS DEMÁS

‘El Talento de los Demás’ (Lengua de Trapo, 2007) no podría hablar de otra cosa sino del talento, concretamente, de la rivalidad entre el propio y el del resto.  Alberto Olmos, en sí mismo un escritor precoz, pone en boca del genio precoz Mario Sut todas las vicisitudes que rodean al don de ser el primero en algo.  Sut es un virtuoso del violín cuyo talento se desvanece de la noche a la mañana, a causa del repentino hallazgo de la pasión y del tormentoso recuerdo de su padre.  Así es como pasará de recorrer el circuito internacional de competiciones, habitando anodinos hoteles de cuatro estrellas, a encerrarse en un tedioso trabajo de oficinista, en el que ahora ve la herramienta perfecta para echar tierra sobre sus dotes musicales.  En fin, Mario había construido realmente ese don mediante una obcecación enfermiza. Durante años no hubo otra cosa que no fuera el violín, y lo que no estuviera relacionado con ello era despreciado como una distracción inútil.  Cumplía a rajatabla con el común perfil de los analfabetos funcionales genios en cualquier ocupación.  Son los que fardan de pasarse un videojuego en cuatro días, los pichichis del patio del recreo y las alumnas de la primera fila.  Lo demás, ni lo saben ni les importa.

La primera parte de ‘El Talento de los Demás’ se centra en la descripción en primera persona de las experiencias que atraviesan la vida de Mario.  La segunda narración es un caótico conjunto de explicaciones a cargo de personas que le rodean en su etapa de oficinista.  Jóvenes con inquietudes artísticas que ven en Mario algo así como un hito tántrico, alguien que no busca el reconocimiento del entorno y que, pese a no mostrar talento alguno, vive conforme con ello.  De este modo los personajes plantean distintos caminos para hallar el talento y los obstáculos que uno ha de enfrentar en esa búsqueda.  Esos caminos, a la larga, se revelan infructuosos.  El tercer apartado es una locura narrativa de casi cien páginas sin un solo punto y aparte.  Mario Sut vuelve a ponerse del lado del emisor para relatar un extraño experimento social.  En él, los distintos participantes deben aguantar todo el tiempo que puedan sin dormir.  Lo que comienza como una competición los unos frente a los otros se acaba convirtiendo en una competición contra uno mismo.

Desde luego Olmos no es nada misericordioso con el lector, no se anda con paños calientes ni tampoco regala premisas infalibles.  Entre las más de 300 páginas de la novela no hay una sola frase que consiga resumir la historia en una especie de idea conceptual, y probablemente el escritor tampoco lo pretendía.  Más bien hay una amalgama de planteamientos abiertos.  “Lo que importa no es tener talento, lo que importa es carecer de piedad”, es uno de ellos.  Con apenas 23 años Alberto Olmos escribió ‘A Bordo del Naufragio’, Finalista del Premio Herralde, lo cual da a entender que sabe algo del talento, y sabe leer las grandezas y desgracias que éste trae consigo.

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