CRYSTAL CASTLES NO DEFRAUDAN – CONCIERTO EN MADRID

Está claro que los que anoche acudimos a la madrileña sala La Riviera para ver a Crystal Castles en directo, además de por la música, fue por la necesidad impetuosa de descargar la rabia de los últimos meses.  Unos cuantos de los allí presentes ya tuvimos ocasión de verles en el SOS 4.8 de Murcia, con lo que nuestra rabia apenas se acumulaba desde aquella lejana noche, entre abril y mayo, en la que una Alice Glass envuelta en luces de colores nos dio motivos de peso para repetir la catarsis.

Y la catarsis fue anoche, porque Crystal Castles son uno de esos grupos cuyo valor no se queda encerrado en la música, sino que la actitud descaradamente punk macarra sirve de reclamo para los solipsistas peligrosos y para los inquietos por la escena electrónica.  Lo suyo en definitiva es un vuelco a la escena internacional del nuevo electro: agarrar el chiptune por los cuernos, llevar sonidos grotescos hasta los extremos de la distorsión y sudar, sudar mucho.  Desde ‘Fainting Spells’ hasta ‘Yes No’, los de Toronto, a los que en directo se suma un aguerrido batería, no enseñaron nada que ya no se conociera de antes.  Repasaron los hitazos de sus dos discos más el consabido ‘Yes No’, que es anterior, si bien esta vez la cantante no tuvo a bien tirarse por tercera y última vez sobre el entregado público.  En ‘Alice Practice’ escuchamos nuevos beats y en ‘Courtship Dating’ Ethan Kath hizo dobles voces a base de vocoder.  Los castillos de cristal son así, mutan cual piel de lagartija para descubrir cada noche un nuevo encanto rutilante en sus temas.  ¿Momentos álgidos?  Cualquiera.  ‘Baptism’, ‘Air War’, ‘Empathy’, ‘Crimewave’, ‘Black Panther’, el drum ‘n’ bass sin complejos de ‘Doe Deer’… todas son canciones con fuerza.  Entre una y otra, eso sí, un brevísimo relax para que Glass se recuperase de sus espasmos simulados.  Tal es el frenesí del espectáculo de castillos de cristal que una sesión non stop se presume imposible, aunque ello no justifica que la duración total se quedase en una hora y cuarto escasa.

La fiesta no sería la misma sin ese preciso juego de iluminación, que transforma la atmósfera para en cuestión de segundos pasar del amarillo a un universo multicolor, y luego dejar como protagonista a un fondo de escenario presidido por el enigmático rostro de la portada del segundo disco.  La Riviera, por cierto, se revela como una sala apropiada para este tipo de directos.  Demasiado grande para que los ajenos se pongan a resguardo de la ira hooligan de los propios, pero lo suficientemente pequeño para que en todos los rincones retumbe esa rabia que llevaba tantos meses removiéndonos las entrañas, igual que un tumor de crecimiento exponencial y potencial destructivo.

Crystal Castles no defraudan, y su modelo de concierto tiene cuerda para aguantar el tipo un rato largo.  Por tanto, los fanáticos nos damos palmaditas en la espalda y celebramos que, al menos por el momento, no hay motivos para la preocupación.

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