J.M. COETZEE – DESGRACIA

J.M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) sabe que la desgracia no admite paliativos, por eso la desnuda hasta reducirla a una historia desoladora sobre las tinieblas del hombre.  En ‘Desgracia’ (Editorial Debolsillo) no hay consuelo alguno, solo resignación.

El profesor de comunicación David Lurie vive una serie de experiencias que le hacen envejecer y perder la motivación.  Su relación con una alumna le trae más problemas de los que habría imaginado, y poco después decide refugiarse en la granja que su hija intenta mantener, no sin dificultades, en las tierras de Cabo Oriental.  Ahí es donde la joven Lucy cuida de los perros de otros.  David empieza además a echar una mano en una clínica veterinaria.  Perros abandonados, engangrenados, cabras con infecciones testiculares… el sábado por la tarde se convierte en el momento del Lösung, y la aguja encuentra la vena para acabar con los animales deshechables.  Coetzee se apoya en esta circunstancia para metaforizar sobre los humanos.  ‘Desgracia’ no es un alegato a favor del buen trato de los animales, sencillamente utiliza a estos para hacer una comparación suprema entre el dolor que ejemplares de distintas especies deben padecer.

Y los perros, también como las personas, tienen una pulsión irrefrenable por la creación.  El protagonista carga a sus espaldas con dos matrimonios fracasados y entre sus mayores preocupaciones figura la de ahogar su pasión, que a estas alturas de la vida es una de las pocas cosas que le hacen reaccionar.  Así, el escritor concibe una afilada simbiosis entre el sexo y el daño al prójimo.

Nunca fue la alegría de la huerta, pero ahora David sabe que cuando la vida aprieta, aprieta pero bien.  Él y su hija serán víctimas de un acontecimiento innombrable, dentro de esa humilde granja de la Sudáfrica interior, y ya todo cambiará para siempre.  Coetzee no es de esos escritores que disfruten con giros argumentales imposibles, con lo que sus modos casan a la perfección con el concepto de la novela: no siempre hay escapatoria, los finales plenamente felices quedan para la televisión.

El autor, premio Nobel de Literatura en 2003, vuelve a dar aquí rienda suelta a su ojo crítico hacia el país que le vio nacer.  El territorio sudafricano está sembrado de violencia y desconfianza.  Una nación con medio centenar de asesinatos al día, donde la violación es práctica común; el país más rico de África y uno de los más enajenados del mundo. En este libro la desgracia es sudafricana, pero Coetzee entiende, y así nos lo transmite, que hablamos de un factor universal que no distingue entre nacionalidades ni condición alguna.  Nos ha gustado ‘Desgracia’ porque nos gusta Coetzee, sin sorpresas ni concesiones.

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