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   No es ningún secreto para quien me conozca o visite este blog de tanto en cuanto: me va la fotografía.  No me apasiona, no entiendo cómo un medio puede apasionar.  Me tomo la fotografía como un camino para llegar a un objetivo, y éste sí me apasiona, me paraliza concentrando todos mis sentidos en él.  La fotografía es ese medio, ni más ni menos.

   Y como ese medio me exige muchas horas y me provoca muchos quebraderos de cabeza, y además merece ser mostrado y respetado tanto como cualquier otra disciplina artística, recientemente me decidí a abrir mi sitio web personal para lanzar al mundo exterior mis ocurrencias en esto de la imagen, que no son pocas.

   El sitio en cuestión se llama enriquecardoso.com, y viniendo de quien viene, no es de extrañar que esté lleno de pasión por las ideas, ruido, reflexión y un enorme sentimiento de soledad.  Entrad sin llamar a la puerta.

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NEGRO INSONDABLE

   El otro día estaba en un bar con un amigo cuando la televisión comenzó a mostrar imágenes de las batallas campales en Kiev, entre policías y manifestantes, en medio de una plaza negra como el betún, como el hueco de desolación que dejaría sobre la Tierra un enorme meteorito.  Nuestra banal conversación de ese momento no pudo cuanto menos que desviarse hacia el tremendo impacto de esos acontecimientos en Ucrania, y yo aproveché para dejar bien clara mi inquietud.  A los pocos minutos una señora que estaba en la mesa de al lado nos ofreció el periódico, y al disculparse por haber puesto oreja a nuestras fáciles conclusiones de barra, nos espetó qué pasaba con Siria, por qué no hablábamos también de ello, puesto que ahí también hay mucha tela que cortar.

   El mundo está lleno de tragedias, pero yo estoy más ocupado pensando en Kiev, en cómo pagar las facturas y en Scarlett Johansson saludándonos desde la última portada de la Dazed & Confused.  Soy así de prosaico, qué le voy a hacer.

   Y también desde hace meses me encuentro indignado por las tropelías cometidas en la Radio Televisión Pública Valenciana, desde el comienzo de la manipulación por parte del PP hasta la extinción del ente a manos del mismo partido.  Y habida cuenta de mi inquietud, y seguramente contraviniendo el principio de radiante actualidad que rigen los medios (también la blogosfera, en cierto modo), recojo aquí la versión de un articulillo que escribí sobre la cuestión tiempo ha, por un asunto que no viene al caso.  Me imagino que aquella señora del bar estaría encantada de ver que esta juventud no se queda en el pulso diario de la información y que sigue mojando la almohada de lágrimas con según qué temas, aunque todo obedezca a razones caprichosas.

El articulillo se llama ‘Negro Insondable’, ustedes entenderán el nombre.  En fin…

Negro Insondable

Lecciones de la desaparición de RTVV

   El pasado 5 de noviembre, el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana declaraba nulo el Expediente de Regulación de Empleo propuesto por Radio Televisión Valenciana (RTVV) para despedir a cerca de mil empleados del ente público.  El fallo estimaba las demandas presentadas por los sindicatos, que denunciaban la vulneración de derechos de los trabajadores así como la mala fe que habrían demostrado los representantes de la empresa en la negociación.  El Ministerio Fiscal, por su parte, había apuntado a criterios subjetivos en la elaboración de las listas de afectados por el ERE.

La decisión del Tribunal dejaba a la Generalitat Valenciana ante el peor escenario posible.  Con apenas 35 millones de euros reservados para el pago de indemnizaciones en el caso de que el ERE hubiera resultado improcedente, el Ejecutivo autonómico no podía costearse la readmisión de todos los empleados de la radiotelevisión pública.

La respuesta del Gobierno encabezado por Alberto Fabra no se hizo esperar.  Unas horas después de conocerse la sentencia, el Consell anunciaba en un comunicado el cese de las emisiones de RTVV, argumentando que la readmisión de los empleados era económicamente inviable.  De esta forma rechazaba de plano la posibilidad de recurrir al Tribunal Supremo, así como la aceptación de la sentencia y la apertura de negociaciones con los sindicatos para reestructurar la empresa.

Tras 24 años de historia, recorrida en su mayor parte por una vergonzosa subordinación a los mandatos del Ejecutivo autonómico, de repente algo cambiaba en Radio Televisión Valenciana.  Ese mismo 5 de noviembre por la noche, los empleados de la casa mostraban en directo su voluntad de seguir trabajando.  “Ni los valencianos ni los trabajadores son responsables de la mala gestión política y económica que ha hundido la empresa”.  Esos 24 años de sumisión se esfumaron en ese discurso, en el que a los trabajadores les faltó tiempo para señalar a los ex directivos implicados en casos de abuso sexual y de corrupción y en la redacción de un ERE que acababa de demostrarse ilegal.

Al día siguiente la directora general del ente, Rosa Vidal, dimitía junto a su equipo directivo y pedía a técnicos y periodistas que siguieran “al pie del cañón” pese a los planes liquidadores del Consell.  Comenzaba entonces un mes de resistencia informativa, en el que las voces del Partido Popular se replegaban poco a poco para dar paso a la de aquellos colectivos durante tantos años silenciados.

Desaparecido el salario del miedo, los empleados de RTVV ya no tenían nada que perder.  Ese intenso mes de información culminó en un órdago de doce horas de duración.  El jueves 29 de noviembre, minutos antes de la medianoche, la señal de Ràdio 9 dejó de emitir inesperadamente.  Poco después se interrumpió la emisión prevista en Canal 9 a medida que los agentes de Policía rodeaban la sede central de la televisión pública.  Ipso facto se dio comienzo a una programación especial en directo con la intervención de políticos de la oposición y consagrados periodistas.  Muchos de ellos llegaron al plató burlando el control policial y colándose por una ventana.  Es también el caso de Beatriz Garrote, representante de las víctimas del accidente de metro que en 2006 causó 43 muertos y 47 heridos en Valencia.

Entre la presión de unos técnicos y redactores que ocupaban los pasillos del edificio, el técnico contratado para ejecutar la desconexión se negó a llevarla a cabo.  Hizo falta que los liquidadores presentaran en el juzgado de guardia una denuncia por usurpación y coacciones que el juez amparó, tras lo cual se personaron en la sede central de Canal 9 en Burjassot, donde finalmente un operario subcontratado tiró del cable, literalmente, ocasionando con ello un grave daño a los equipos eléctricos y transformando casi un cuarto de siglo de actividad periodística en un negro insondable.

   Hacía mucho tiempo que no se escuchaba con tanta rotundidad el rechazo de un colectivo heterogéneo hacia el mandato de un Gobierno.  En esas extrañas situaciones de vacío de poder, cuando el sistema establecido ha caído y las personas han de organizarse improvisadamente, se nos presenta la oportunidad de indagar en los entresijos de ese sistema moribundo.  Sucedió en las últimas doce horas de Canal Nou, las doce horas que más credibilidad se merecen en sus 24 años de historia.  Fue tiempo más que suficiente para que los profesionales de la televisión valenciana manifestasen cuál es el papel que corresponde a los medios, a saber, satisfacer ciertas necesidades informativas de la sociedad, sin temor a expresar la desafección de esta por la casta política.

Aquel fatídico 29 de noviembre ocurrió otro hecho histórico e igualmente revelador:  Todos los periodistas convocados a la tradicional rueda de prensa tras la reunión semanal del Consell –reunión organizada excepcionalmente en un pueblo de Alicante- plantaron al portavoz del Gobierno.  Con su ausencia evidenciaban que el cierre de la radiotelevisión pública no era para ellos sino un atentado a la libertad de expresión y el derecho a la libre información, principios que no entienden de rivalidades empresariales.  También pusieron de manifiesto el poder de los medios.  ¿O alguien se enteró aquel día, una vez la RTVV ad hoc del Ejecutivo popular había muerto, de la inauguración por parte del señor Fabra de la nueva sede del Museo Valenciano del Juguete?

Los políticos valencianos, conocedores de ese poder, siempre entendieron que el ente público debía comportarse como una Consejería más de la Generalitat.  La Consejería del Entretenimiento, consignada a somatizar a la población, promoviendo formatos basura como Tómbola y amputando cualquier conato de reflexión de la actualidad informativa.

Ya la llegada del PP al Gobierno valenciano, en 1995, vino acompañada de escándalo por los intentos del partido de nombrar jefe de informativos de Canal 9 a un diputado popular, José Vicente Villaescusa, quien finalmente ejerció de director general entre 1996 y 2004.  Este polémico nombramiento sería solo el comienzo de un mecanismo de puertas giratorias entre los gabinetes de prensa de la Generalitat y los cargos de relevancia en los servicios informativos.  En 2011, como colofón a ese sistema viciado, la otrora jefa de prensa de Francisco Camps, Nuria Romeral, era nombrada directora de Ràdio 9.

A las contrataciones opacas hay que añadir un largo proceso por el cual se engrosó injustificadamente la plantilla, sin más razón que la de colocar, a dedazo, a colegas del partido hasta el punto de crear una redacción paralela, sumisa a las órdenes del Ejecutivo.  Con un exceso de redactores contratados, los altos cargos pudieron permitirse el lujo de relegar a tareas insignificantes a aquellos profesionales discrepantes con la doctrina oficial.  Dando un paso más en el mismo sentido, abolieron el Consejo de Redacción, que venía recogiendo las quejas por manipulación de los empleados.

Los máximos responsables de la radio y la televisión pública conformaron, en suma, el escenario ideal para servir a los intereses del Consell.  El Plan Hidrológico Nacional y su conocida campaña del ‘Agua para todos’, la Fórmula 1, la visita del Papa Benedicto XVI, faraónicos proyectos urbanísticos…  El objetivo de RTVV era marcar las prioridades de los valencianos.  “Hubo un despilfarro absoluto del presupuesto para convertir Canal 9 en el No-Do”, remachaba recientemente Iolanda Mármol, una periodista de la cadena.

Los presidentes Eduardo Zaplana, José Luis Olivas, Francisco Camps y Alberto Fabra, por ese orden, se apoyaron en ese descomunal aparato mediático para publicitar su gestión.  Al mismo tiempo, aplastaron cuando no ningunearon cualquier voz discrepante.  Probablemente el caso más vergonzoso sea el del accidente de metro del 3 de julio de 2006, días antes de la visita del Papa a la capital del Turia.  Los periodistas de la casa recibieron entonces la consigna de sepultar el caso enseguida, pues su prioridad seguía siendo la visita del Sumo Pontífice.  En siete años, y hasta la recta final del ente, las víctimas fueron evitadas a toda costa por la radiotelevisión pública.  Otros medios de comunicación han conseguido desenterrar su causa, una causa que, gracias también a la intervención de Beatriz Garrote en la última mañana de Canal 9, hoy comienza a recibir la atención que se merece.

Si algo debería aprender la Generalitat de la debacle en RTVV, eso es sin duda la premisa de que no se puede tomar a la gente por tonta.  En estos últimos años el sector audiovisual ha experimentado numerosos cambios, con una fragmentación de las audiencias provocada por la TDT y los medios de Internet como principales obstáculos para las cadenas tradicionales –la radio, a su manera, también ha sufrido su particular revolución-, pero si ha habido un factor relevante en el caso valenciano ha sido el abierto rechazo de la audiencia a sus medios públicos de comunicación.

No cuesta imaginar que los dirigentes valencianos, conscientes de ese distanciamiento entre los ciudadanos y sus medios,  hubieran vaticinado que nadie derramaría una lágrima por RTVV.  Podrían llevar a cabo entonces una voladura controlada, de una empresa que ellos mismos se habían encargado de emponzoñar, para en última instancia proceder a la liquidación de todos los equipos técnicos, que presumiblemente acabarían en manos privadas.  Pero en su curso hacia esa suerte de saqueo legal sí encontraron el rechazo de una población que, a diferencia de ellos, pone en valor la necesidad de mantener medios de comunicación públicos, plurales y en valenciano.   Por añadidura, el sobrecoste al que apunta Alberto Fabra como una de las razones del cierre no es sino una razón para no hacerlo, pues en todo caso habría que intentar rentabilizar toda esa inversión llevada a cabo por los valencianos durante años.

Reporteros Sin Fronteras se ha apresurado a señalar que la desaparición de Radio Televisión valenciana sienta un peligroso precedente –conviene recordar que recientemente el Gobierno griego también cerró sus medios públicos-, pero aquí de nuevo hemos de analizar los acontecimientos para hacer pedagogía.  Se debe procurar que tamaña tropelía sirva para tomar lecciones, y para demostrar a la clase dirigente la relevancia de los medios públicos de difusión en la sociedad actual, partiendo de su función de garante de la información plural y de calidad, entre otros menesteres.

   Las funciones que los medios de titularidad pública deben cumplir son muchas, y para la consecución de tales fines ha de transcurrir un largo periodo de desarrollo.  En este proceso, los órganos de poder juegan un papel fundamental, como auspiciadores de las condiciones necesarias para que esos medios cumplan con su deber sin injerencias, emancipados del poder político y más próximos a su audiencia.

“Estamos con vosotros, valencianos, como vosotros estáis con nosotros”, afirmaba, más bien apelaba, una de las últimas voces escuchadas a través de Canal Nou.  Los entes públicos de la comunicación deben siempre estar del lado de la ciudadanía, que esta se sienta orgullosa de aquellos, los vea, los escuche.  En ese marco un Gobierno encuentra su mejor termómetro sobre la situación de la sociedad, su mejor medida de control interno y su mejor altavoz.

Si aceptamos el aforismo de Marshall McLuhan, El medio es el mensaje, y lo extrapolamos a los sistemas públicos de difusión, determinaremos que las autoridades dependen de la existencia de una televisión y una radio creíbles.  Solo si estas cadenas despiertan confianza entre el público las Administraciones Públicas podrán dotar a sus mensajes de credibilidad.  Esto es así porque, parafraseando al teórico canadiense, el medio se incrusta en el mensaje.

El ánimo de un Gobierno a la hora de mantener esas empresas también debe ser el de fortalecer sus estrategias de comunicación, sin subestimar la inteligencia del público, y en definitiva, del elector y potencial votante.  La audiencia, siempre exigente, está cada vez más prevenida frente a la información sesgada.  Por añadidura, ante la disponibilidad de un sinfín de vías para informarse, hoy en día no hay nada más torticero que gestionar un medio como si se tratase de un órgano de partido más.

Nadie reformuló las tesis de McLuhan en Valencia, como  tampoco, en la decisión de extinción final, nadie se percató o quiso atender al valor de RTVV como instrumento de desarrollo económico.

Porque la proximidad que caracteriza a los medios públicos locales y autonómicos ha de ser su seña de identidad, por razones económicas y sociales.  Esta circunstancia repercute en la sociedad con unos beneficios difícilmente mensurables.  Por tanto, resulta imposible comparar la rentabilidad de un medio público con la de uno privado.  Más aún, no conviene determinar el éxito de dichas corporaciones basándose en valores estrictamente numéricos.

La industria audiovisual conforma un sector estratégico clave en cualquier región, y los medios públicos son muchas veces un soporte ineludible para dicha industria, que de otras formas apenas si encontraría eco en la población para sus producciones.  Una comunidad con los instrumentos para verse en televisión, para expresarse y reconocerse, es una comunidad aventajada en la era mediática en la que vivimos.

La nómina de objetivos de cualquier radiotelevisión pública no termina aquí. Una vez estos medios han asimilado la pluralidad política como uno de sus pilares fundamentales, conviene ir en la búsqueda de la pluralidad social.  De conseguirse esta última, nadie pondrá en duda la necesidad de mantener unos entes públicos independientemente de la situación económica y de los partidos que lleguen al Gobierno.

Hemos de asumir que en la última década se ha producido en España un distanciamiento entre las instancias políticas y la ciudadanía, la cual considera a sus políticos más cerca del problema que de la solución.  Esta tremenda desafección explica que no baste con lograr una representatividad del arco parlamentario en los medios de titularidad pública.  En cambio, los sistemas de difusión han de establecer los mecanismos para acercarse a los colectivos sociales.

Las Administraciones Públicas tienen ante sí el deber de reinventar los medios públicos al ritmo que les marca la sociedad, también para el beneficio de unas autoridades que requieren de un canal de difusión tan plural como creíble.  Porque los medios públicos han de tener una historia de largo recorrido, porque los contribuyentes nos lo merecemos.

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ESTÉTICA FOTOGRÁFICA

   Nadie nos ha explicado por qué nos gusta tanto la tecnología.  Se da por supuesto, que en este planeta tecnificado tenemos que seguir el paso firme de las nuevas tecnologías si no queremos caer en el ostracismo.  Tampoco nadie nos explicó nunca por qué nos gusta la belleza.  Lo damos por hecho, sin que merezca un mínimo de reflexión por nuestra parte.  Sería propio de locos empezar, a estas alturas del partido, semejantes cavilaciones intentando desentrañar por qué nos gusta lo que nos gusta.  El sexo siempre ha estado allí, así como la tecnología para dominar el mundo.  Cuestión de prosperidad genética y dinero, todo en uno, y para esta ecuación no caben reflexiones.

   Por esto mismo no tendría ningún sentido, en pleno siglo veintiuno, leer artículos de viejos fotógrafos que a mediados del diecinueve llamaban la atención sobre la vieja nueva moda de gente fotografiando a gente.  Atención, fenómeno social, que vaya usted a saber adónde nos lleva, una vez descubierto que unas velocidades de obturación lentas pueden impedir que los haluros de plata recojan el rastro de las personas, tengan éstas alma o no.  No es práctica, no tiene ningún sentido esta reflexión, ni el sempiterno debate sobre la conveniencia del pictorialismo, la dicotomía pintura y fotografía, los recursos eminentemente fotográficos…  Que vengan a contarme a mí, dentro de la geografía española, en qué centro de estudios reglados de fotografía se abordan estos temas con la necesaria profundidad, demasiado ocupados ellos en dar las propiedades de la luz, a lo peor ni eso.

   Que la formación técnica está muy bien.  Cuanto menos es pertinente.  Es pertinente aprender a manejar las luces, a interactuar con los sujetos, a hacer fotos carné…  pero la pertinencia de esas clases no justifica nuestra amnesia generalizada en torno a la teoría, como si la fotografía fuese un arte menor y no mereciese la consideración académica que sí reciben otras artes.  Aquí en España la teorización sobre esta actividad es más bien escasa, y solo cuatro profesores, comisarios y sabios tienen el empaque y repercusión como para vehiculizar esa teorización y trasladarla al público, este más interesado en novedades tecnológicas que en cuestiones esenciales.

   Porque en fotografía, como en todo, también hay una industria detrás, y ésta se ha dedicado por igual a ofrecernos estupendos artefactos y a emponzoñar las aguas evitando el interés en la esencia fotográfica.

Estética Fotográfica fotografía Gustavo Gili Joan Fontcuberta portada cover portrait Alexander Rodchenko chica con leica 1934   Resulta que el más provocador de esos sabios librepensadores ha sido el encargado de reunir bajo un mismo título unas cuantas reflexiones sobre fotografía, por parte de grandes autores a la altura de Fox Talbot, Moholy-Nagy y Weston.  Es Joan Fontcuberta, quien lejos de matar al abuelo lo reivindica, sabedor de que solo en el conocimiento de lo que pensaban otros uno se hace con una perspectiva integral sobre qué puesto ocupa en esto de la fotografía.  Su compilación ‘Estética Fotográfica’ forma parte de la colección sobre esta disciplina a cargo de la editorial Gustavo Gili.  Poca coña.  Obras sesudas y a su manera incisivas, rebeldes por el interés en reivindicar a los ancestros y armar ese corpus teórico que dé empaque a la práctica fotográfica.  ‘Estética Fotográfica’ contiene esa atávica obsesión por definir en qué consiste este arte, que lo hace tan directo, tan ligado a la realidad.  Recoge además planteamientos que suenan arcaicos pero a la vez son muy actuales, habida cuenta del éxito del hiperrealismo pictórico y de la necesidad de reflexionar: ¿Para qué necesitamos la pintura y para qué la fotografía?  ¿Qué rol juega el fotógrafo en todo este lío?  ¿Qué camino ha de seguir, acaso el de la propia intuición, o en cambio no alejarse del academicismo, o apoyarse en la técnica?

   Lo que Eugene Smith y Cartier-Bresson pudieran pensar en su día sobre el potencial de la técnica del entonces hoy nos suena a risa, pero en verdad seguimos inmersos en el mismo debate, e igualmente corremos el riesgo de dejarnos engullir por la adicción a la tecnología sin detenernos a pensar: ¿Qué es la tecnología? ¿Qué la belleza y qué hago yo aquí en medio?

   Soy un lector disperso, con un agudo problema de déficit de atención, así que al final de las casi trescientas páginas de ‘Estética Fotográfica’ me he quedado con esas preguntas.  Poca coña.

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EL MUNDO ES NUESTRO

    Allá por 1985 Martin Scorcesse retrató en su inolvidable After Hours un inhóspito entorno urbano.  En la cerrada noche de Manhattan el chupatintas Paul Hackett trata a toda costa de volver a su casa, cruzándose con personajes de lo más variopinto.  Observamos al pobre Hackett como un panoli sin más elección que la de dejarse llevar por las sombras de la noche, igual que una malograda Laura Branigan sucumbiendo ante esos mismos fantasmas, cediéndoles el control de sí misma.

   After Hours se desarrolla en unas pocas horas, las que distan entre la salida y la entrada al trabajo en una jornada maratoniana.  Aunque Hackett no disfrute en ningún momento de capacidad de elección alguna, en verdad no es sino víctima de una historia colmada de posibilidades, tantas posibilidades como para aturdirle definitivamente.  Cuando uno echa la llave y da media vuelta, Dios sabe lo que ocurrirá allí afuera, precisamente en las horas en las que todos los gatos son pardos, y la gente aprovecha para delinquir, para follar y para llorar.  Para morir y para matar.

   Eran los genuinos e ingenuos ochenta.  Entonces tenía sentido entretenerse con ese relato de oficinistas desubicados, pero hoy no.  No ha lugar, porque hoy todos los oficinistas parecen más perdidos que un pato mareao’, hoy todos estamos perdidos, en un mundo colmado de posibilidades pero sin camino por seguir ni manera de parar, sin ninguna señal de progreso.  Los años dan una perspectiva esclarecedora de épocas pasadas, y hoy podemos contemplar con clarividencia el sentido de aquella década, la de los bombásticos ochenta, sabedores de que fue una eclosión, como la de los noventa y hasta entrados los dos mil, una explosión de progreso y confeti que al fin ha desembocado en parálisis.

El Lobo de Wall Street Wolf Margot Robbie Leonardo Leo DiCaprio pink dress vestido rosa legs piernas room habitación

   En 2013 el propio Scorsese dirige ‘El Lobo de Wall Street’ y, sirviéndose de esa privilegiada perspectiva que dan los años, penetra en los entresijos de aquella etapa gloriosa.  Yo nací en 1986, y mis recuerdos andan paralelos al tiempo en el que Jordan Belfort hacía su fortuna.  Esos primeros años noventa no fueron más que una versión comedida del decenio que recién había terminado.  La Guerra de Bosnia, el Genocidio de Ruanda, y en el resto del mundo, una vez había caído el Muro, luz y progreso, nada más.  Bill Clinton abandonaba la Casa Blanca vacío de semen y como el presidente más popular.  Alan Greenspan regalaba dinero.  Internet iba a hacernos ricos a todos.  El futuro es ignoto, casi por definición, pero con una referencia clara de adónde vamos todo parece mucho más fácil.

   Ahora recordamos que durante esos años la vida resultaba mucho más sencilla, aunque por aquel entonces ya identificásemos lo insostenible de tanto bienestar.  En ‘El Lobo de Wall Street’ Leonardo DiCaprio apunta alto al señalar las inveteradas fechorías de la banca.  Goldman Sachs, Lehman Brothers… a la postre instigadores de la crisis financiera que en 2008 se desató en Wall Street, propagándose por medio mundo.  Son los mausoleos de una codicia que está en el ADN del modelo económico y social, y que arroja un balance de secretarias envilecidas y emputecidos corredores de bolsa.

   Scorsese adapta la increíble historia de Belfort para mostrarnos el perfil más plástico de ese gen de la codicia.  ‘El Lobo de Wall Street’ es la versión sensacionalista de ‘Margin Call’ y de ejercicios documentales como Inside Job.  Un órdago de tres horas de duración, con un ritmo cambiante marcado por las drogas, interpretaciones tan caricaturescas como magistrales y una alta dosis de veneno.

   Comoquiera que ese gen continúa activo, hemos de admitir que nosotros somos la herencia de esa recauchutada ambición de los ochenta, la misma que asoma en el Italo Disco y el Retro Chill Wave.  Aunque hoy seamos más sofisticados, en el fondo seguimos siendo unos lobos, obsesionados con las putas de pelo cardado, con el Lamborghini Countach y el Ferrari Testarrossa.  Nos hemos refinado, pero nada ha cambiado.

   Y lejos de advertir al espectador, de llenarle de prudencia ante esa lucha encarnecida, la película sitúa a Belfort en el lado de los triunfadores, los que mejor entienden cómo funciona el mundo y a los que mejor les va al fin y al cabo.  Como si fueran caramelos, Scorsese nos enseña esos excesos que nada tienen de ejemplarizantes.  Por eso ‘El Lobo de Wall Street’ es un dardo envenenado.  Porque el único ejemplo que cunde en esta historia es el de abundar en la cuestión.

   De haber adoptado una aptitud más moralista probablemente el cineasta italoamericano tendría aún más opciones de ganar el Óscar, pero nos estaría mintiendo.  Porque no se puede luchar contra ese lema vital que desde dentro nos susurra: El mundo es nuestro.

   O ese otro que ronda por la cabeza de medio mundo, de los más avariciosos y avispados:

   Vended, malditos, vended.

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MASTERCHOF JUNIOR

   Las malas formas se imponen también en la televisión.  Se llevan los presentadores antipáticos, cuya interpretación de jefe malote es tan impostada que a duras penas si resulta creíble.  Puede que tenga su lógica, que en la televisión se popularice ese perfil mediático como trasunto de lo que vemos en nuestras escuelas y puestos de trabajo.  Que aquí hay que ser malote, un chungo enfundado en traje para abrirse paso por donde nos convenga, armados con esa burda galantería y altas dosis de perspicacia, una vez ésta ha terminado de desplazar a la genuina inteligencia.  Esta moda, unida al atávico sentimentalismo de la parrilla televisiva, nos conduce a programas como Masterchof Junior.

   El peligro de Masterchof Junior es doble.

   Por un lado ofrece ese juego de jueces impertérritos y ‘débiles aspirantes a algo’ que tanto abunda en los realities.   Con esos chefs que en Masterchef mostraban su lado altivo y ahora nos ofrecen el más benevolente, mientras entre fogones uno de ellos se liga a la presentadora.  Mediante su actitud condescendiente parecen decir a los concursantes más pequeños: haceros mayores, que entonces os dejaré el rasero, estampado en la cara os voy a dejar el rasero.

   Por otro, el conocido concurso gastronómico traslada este formato al universo de los niños.  Porque a los niños les gusta cocinar ¿Por qué no un Masterchof Junior?  ¿Cómo negarles esa oportunidad de convertirse en el mejor chef junior del país?

   A los niños les gusta cocinar, y también les gusta jugar a ser mayores.  Por eso entran en el mismo plató que meses antes sirvió de escenario para Masterchef, y por eso echando virutas compran en el súper de El Corte Inglés (espacio patrocinado) y compiten entre ellos por ir pasando de programas.  Todo esto, eso sí, granado de chascarrillos y aderezado con un acompañamiento musical propio de un corto de Disney.  Los planos de niños y chefs poniendo caras raras mientras alguien degusta un plato es una constante que nos recuerda que esto no es Masterchef, sino Masterchof Junior, donde la gracia reside en ver a niños hacer el papel de mayores.

   Yo soy un tío bastante carca, y para ciertas cosas demuestro una cerrazón mental impropia de mi edad.  Pero no, por esta no paso, que trasladen a la televisión el siniestro modelo de competición que estructura el sistema educativo, todo aquí por saciar vanidades.  ¿La vanidad de quién?  ¿Quién fardará más, el niño que vuelva al patio de recreo, la madre esperando a ser atendida en la carnicería?  Metemos a los niños en un mundo que les resulta divertido, pero que no les hace ningún bien.

   Después de años, de décadas enteras escuchando los consejos domésticos de Karlos Arguiñano para sacar a los niños de la cocina y prevenir accidentes domésticos; cuando hasta los luchadores de Pressing Catch nos dicen aquello de: No intentes hacer esto en tu casa; entonces llega la Televisión Pública Española, la de todos, y tira por la borda todos estos consejos para animar a nuestros niños a hacerse con el cuchillo jamonero, a cocinar setas con el fuego bien vivo, a manipular alimentos por su cuenta y riesgo, con celeridad y eficacia.

   Pero en el fondo eso es lo de menos.  Cabe la esperanza de que los padres, al menos los padres responsables, supervisen a sus hijos en esos menesteres culinarios.  Lo realmente peligroso del asunto es la idea de hacer pasar a los niños por ese circuito de competición y popularidad.  Delante de millones de personas, han de superar pruebas de presión.

   Pruebas de Presión, así las llaman.  En teoría un ensayito para aguantar la presión y la amargura que deberán soportar un día sí y otro también en su vida profesional.  Y son niños de unos diez años.  Una de estos, al verse cerca de hacerse con el título de Masterchof Junior, advierte con el ceño fruncido de que va a luchar por un puesto en la final “cueste lo que cueste”.

   Henry Fonda en ‘Once upon a time in the West’, Scar en ‘El Rey León’, Le Papet en ‘Jean de Florette’, el Coronel Kurtz de ‘Apocalypse Now’…  A la velocidad de un rayo, la cara de esa niña me enviaba a esos referentes de malos malísimos del cine y a otros muchos más.  Efectivamente, Masterchof Junior enseña a nuestros pequeños.  Muy didáctico todo.

   A mí me da miedito.  Luego nos llevaremos las manos a la cabeza cuando ciertos estudios nos recuerden que el estrés y los casos de acoso laboral se expanden como una epidemia, cuando el informe PISA nos deja a la altura del betún mientras la competitividad sigue ganando enteros entre los principios de nuestro sistema educativo.  Masterchof Junior es un programa por y para niños, y por tanto es un programa inocente ¿verdad?  Todos esos problemas empiezan por una sociedad que con total naturalidad observa cómo sus pequeños sufren esas pruebas de presión.  Desde el sofá les alientan, con el corazón en un puño ellos también sueñan con que su concursante favorito pase a la siguiente fase, a más presión, a la vanidad, a la nada absoluta.

   Tal vez los niños consuman más como adultos que como niños.  Lo cierto es que tiempo ha el Capitalismo encontró una mina de oro en nuestros menores, y piensan explotarla hasta dejarla seca, cueste lo que cueste.  Mientras tanto, nosotros vemos la televisión despreocupados.

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HABLAR SOBRE LA VIDA

   Las personas a las que les gusta el fútbol o la radiofórmula lo tienen más fácil para ser felices.  Pese a la popularización de los podcast y de otras maneras de consumir radio, todavía no hay nada tan sencillo como entrar en la cocina, girar la ruleta del transistor y buscar una emisora.  Si como a mí te repele el deporte rey y la música en lata, coincidirás en que en las tardes de fútbol es harto difícil encontrar algo interesante en las ondas.  Bien por conformismo, bien por tener las manos embadurnadas en cualquier ingrediente, seguramente acabarás atendiendo a la trillada verborrea de los comentaristas deportivos.  En ellos hay siempre un engolamiento, fruto de un runrún guadiano que a veces no dudan en aclarar para el oyente.  Esa idea con la que intentan dar empaque cuasi metafísico a su profesión es la siguiente:

   El fútbol… el deporte… la vida.

   Porque para ellos el fútbol no es sino una excusa para hablar sobre la vida, y así lo defienden tratando de buscarle a su profesión una elegancia impostada, a lo Richard Ford.  Ellos además se lo creen.   Nunca admiten que si se pasan las horas y los días hablando de fútbol es porque les apasiona el fútbol, desde que eran pequeñitos, y con esa misma pasión infantil escriben ahora en el Marca, la Panenka o en un libro de 400 páginas sobre tácticas defensivas.

   Pero vale, aceptamos barco.  Pongamos que el fútbol es una buena excusa para conversar sobre la vida, en la medida en que el fútbol es una actividad humana, entre el infinito número de actividades humanas que entretienen al hombre.  Particularmente es una de las actividades más elementales, para nada comparable con el nacimiento, la guerra, la paternidad, el enfrentarse a la muerte propia y el intentar superar la de los seres queridos.  El fútbol es un simulacro, como buen deporte que es, destinado a liberarnos de tensiones y mantenernos físicamente en forma.  Joder, con la facilidad con la que esos comentaristas radiofónicos hablan del deporte rey, así podría yo también relatar la historia que se esconde detrás de cada póster que adorna mi cuarto, e igualmente podría argumentar que esa sería una manera más de poner la vida en negro sobre blanco.  Porque la vida es tan inaprehensible que cualquier acción que nos rodea puede ser considerada como tal.

   Comoquiera que a mí el fútbol nunca me atrajo, como tampoco lo hizo ningún deporte, a lo mejor tan solo el ejercicio físico, por lo que tiene de disciplina y autosuperación.  El ejercicio, y no el deporte, porque éste conlleva el mirarse a los ojos con otra persona, y yo si echo mano a las letras y la fotografía es precisamente para huir de la gente y darme de bruces con la vida en su estado puro, porque a nada que toco algo lo pongo todo perdido de soledad.  Si me aficiono a la fotografía termino recorriendo las afueras, esquivo de las miradas ajenas, en la búsqueda de la impotencia del hombre ante el entorno.  Si me da por escribir termino hilando tochos infumables, si acaso pretendiendo conducir al lector por laberínticos vericuetos con ganas de que se pierda en las entretelas de mi mente.

   Y todo ello es tan válido como hablar sobre fichajes y marcadores deportivos, aunque infinitamente más desconocido.  Porque nadie quiere oír en la radio a alguien hablar sobre fotografía documental, apenas sobre literatura.  La gente quiere fútbol, y que no se engañen todos esos periodistas, que la gente en el fútbol solo busca fútbol, pues no comparte con ellos sus ínfulas de narradores del género humano.

Manuel Vilas La Región Intermedia Prames portada cover hablar sobre la vida las tres sorores Barbastro Zaragoza Madrid   Hay muchas excusas para hablar sobre la vida, y algunas están ocultas en postillas de lo más terrenales, anécdotas del día a día como las que relata Manuel Vilas en los artículos recogidos en ‘La Región Intermedia’.  Qué bien escribe Vilas, qué envidia.  El autor altoaragonés reúne aquí una serie de textos escritos en la segunda mitad de los noventa, y publicados casi todos ellos en el ABC, demostrándonos que en los días rutinarios encontramos una fuerza intrínseca de actualidad, una buena estrategia para definir el tiempo que nos ha tocado vivir.  Vilas habla de centros comerciales, de su hipocondría, y va y viene continuamente de la memoria como elemento que lo pone todo ahora en orden, ahora patas arriba.  Con el don de la palabra precisa ilustra las vidas de atractivos personajes anónimos.  También hay espacio para la descripción de ciudades, Zaragoza entre ellas, y  para el devaneo más imprevisible.

   Vilas se convierte en narrador de la vida, y si me preguntan, me siento más cercano a la vida que muestra este humilde escritor barbastrense que aquella que se desarrolla entre el terreno de juego, los campos de entrenamiento y la sala de prensa.  Porque en la radio hay mucho de esto último, como también hay mucho hablar por hablar, mucha información fugaz y mucha misa mariana, y en ninguno de estos espacios se pretende definir la vida, porque sus cometidos son otros.  La vida es como la realidad, un algo holístico, que sin cesar nos invita a cambiarla y describirla.  Deberían aprender todos esos periodistas deportivos que la mejor forma de hablar sobre la vida es hablar sobre la vida.

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UNIVERSO LINKEDIN

   Estoy buscando curro, pero está jodida la cosa.  Ni brotes verdes ni hostias.

   Por si fuera poco el otro día me llevé la enésima decepción al respecto, como si no supiera ya desde hace tiempo, inocente de mí, que no estoy hecho para entrar en la industria del mercado laboral, porque por un lado está ese mercado per se, con o sin regulaciones, y por otro la maquinaria que lo jerarquiza, manejada por corporativizados departamentos de recursos humanos; gobernada por el peloteo y la hipocresía.

   El otro día me disponía a abrir una cuenta de Linkedin, la famosa red social de perfiles profesionales, y mentalmente enumeré todas aquellas situaciones vitales que me han hecho ser quien soy.  Por no alargarme demasiado:

   Académicamente he experimentado todos los estados habidos y por haber, salvo el de repetidor malote.  He sido un crack, la envidia de mis compañeros, genio en ciernes; he sido mediocre en no pocos cursos, he faltado a clase durante años enteros, uno de esos alumnos que no conocen la cara del profesor hasta el día del examen, y que encima aprueban y con buena nota; he llegado a erigirme paradigma del fracaso escolar, visto a ojos de los demás como un siniestro, potencial enfermo del mal de Amok; en las escuelas, institutos y facultades por las que he pasado he aprendido qué es la inoperancia y la injusticia; he leído ingentes cantidades de libros de sus bibliotecas; he tenido profesores que me han pedido que deje los estudios y profesoras que me han querido follar.

   Una vez cuando tenía siete años me encontraba en el comedor escolar, esperando a que los alumnos de séptimo me sirvieran la comida, cuando a uno de ellos se le cayó la bandeja con patatas hirviendo sobre mi cabeza y mi cuello.  Las maestras me taparon las ampollas con vendas e hicieron un pacto de silencio que incluía a mi tutora, no se les fuera a caer el pelo por tener sirviendo a menores.  No sería la última vez que tenía que sufrir algo parecido.

   He pasado cinco meses de invierno viviendo en una pequeña caravana, casi encaramada a una cala frente al canal de la Mancha, sin agua corriente ni calefacción.

   Una mañana de domingo me desperté en un parque de mi ciudad, borracho y desorientado, y aún a día de hoy no me explico cómo logré llegar a casa.  Porque yo también he bebido por olvidar; no se me ocurre mejor razón para beber.

   Destripé cerdos; atendí una barra durante once horas sin parar; pasé veranos enteros dentro de un invernadero, a cuarenta grados, a pleno sol; por un año entero trabajé en horario nocturno de doce a ocho.

   Durante un curso aguanté las supercherías de uno de los colegios mayores con peor fama del país.  Allí es donde volví a sentir el escozor del agua hirviendo recorriendo mi piel.  Yo no hice la mili ni tampoco la necesité.

   Tengo una cana por cada muerto en incidente violento en la Franja de Gaza, otra por cada tía que me mandó a la mierda.

   Nací el 27 de octubre de 1986.  Hoy es 8 de enero de 2014 y sigo vivo.  He sobrevivido a mí mismo, y creo que ese es el mayor logro de superación del que puedo presumir.

   En la actualidad, ando obsesionado con el sufrimiento y el irremisible paso del tiempo.

   Ahí ha estado, lo que viene siendo un currículum al uso, vaya.

   Pero me da que en Linkedin no comparten mis principios de selección de personal, como tampoco los comparten los jefes de recursos humanos, ni cualquiera dispuesto a recibir un currículum y darle un pase antes de tirarlo a la papelera.  Me da la impresión de que para lidiar con toda esta gente voy a tener que desempolvar los títulos y cartas de presentación que llenan uno de los cajones de la sala de estar.  ¿Porque en qué sección de Linkedin escribo yo ahora todas esas experiencias vividas?  ¿En ‘Extractos’ o en ‘Aptitudes y conocimientos’?

   Mucho me temo que la industria laboral ha metido sus garras en Internet y no las piensa sacar.  Ahora recuerdo con nostalgia los primeros años de la red de redes, ese espacio anárquico, plagado de sitios web personales, antes de la irrupción de los tótems de la comunicación como Google, Facebook o la misma Linkedin.  Era cuestión de tiempo que cuatro pájaros –hacedores y ahora millonarios seguramente- emponzoñaran aquel lugar lleno de posibilidades y libertad, para perpetuar en él todas las ideas preconcebidas que rigen el mundo real.  Entre estas, aquella que apunta a que está mejor preparado el que más títulos tiene, o el que mejor se vende en la preceptiva entrevista de trabajo.

   Aún recuerdo cuando no hace mucho a mi clase vino una suerte de delegada del servicio estatal de empleo para explicarnos cómo hay que comportarse en esas entrevistas.  Básicamente, y sin miramiento alguno, nos dijo que debíamos estar dispuestos a aguantar las impertinencias del entrevistador hasta el final, para así demostrarle que éramos fuertes, deduciendo que el fuerte es el que deja que le pasen por encima y no el que coge la puerta y se va.  También nos explicaban una y otra vez cómo colocar las manos, cómo sentarse, cómo mirar y hablar.  Cómo respirar.  Nos enseñan un encorsetado modelo de comportamiento que hemos de mantener a rajatabla.  Nos enseñan, en suma, a ser otra persona, atendiendo esas normas establecidas seguramente por los propios técnicos en recursos humanos.  También en esos encuentros hemos de ser todos iguales, como en el colegio, iguales, para así –paradojas del sistema- demostrarle al empleador esas dotes que nos distinguen del resto, o tal vez, se me ocurre, para demostrarle nuestra fiel docilidad.

   Me siento como aquel barrigudo que dice que no va a la playa porque no le gusta el sol.  Si fuera tan pragmático como para controlar todas estas cuestiones quizás las aceptaría de buen grado.  O quizás no, nunca lo sabré, porque lo cierto es que pertenezco a aquella clase de gente que para hacerse valer necesita blanco y más blanco, cámaras de fotos, Súper 8, micros y tutús.  Los que mantenemos algún tipo de relación con el arte solemos huir de esos dogmas y en cambio admitimos que somos, por llamarlo así, algo dispersos.  Suerte la nuestra, que todavía contamos con blogs para explayarnos a gusto.

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