LA VELETA DE LA BIEN QUERIDA

La Veleta de La Bien Querida, sevillana con Los Planetas

   Descubrí a La Bien Querida hace tiempo, con ‘De Momento Abril’. Después vinieron años en los que su música quedó sepultada bajo toneladas de canciones en mi ordenador y mi estantería, típico en un pop plagado de futuras promesas. Hace ahora un año volví a cruzarme con ella a través de Los Planetas y su ‘No sé cómo te atreves’, un tema que para mí está manchado con la muerte y el vacío. Entonces terminé por descubrirla, a Ana Fernández-Villaverde, La Bien Querida, una autora de arte doliente, una artista con todas las letras, que como tal desarrolla un arte libre y desacomplejado.

   Ahora que he recorrido su discografía, recreándome en la escucha de su último álbum, Ceremonia, creo que he terminado de comprenderlo. Por qué me gusta su música, si no canta bien, si se expresa con una letanía cadenciosa, si habla tanto de algo que me resulta tan ajeno: El amor. Tal vez, se me ocurre pensar, sus canciones no hablen tanto de amor y sí un tanto de desamor, demasiado, desamor universal como denominador común a todos los seres, ahí sí me reconozco. E incluso cuando habla de amor se le escapa un cante triste, como de amor que está a punto de romperse. La Bien Querida es trágica, eso me gusta de ella.

   Y por si no fuera suficiente, sus canciones están vestidas con una valiente rareza. Si nos detenemos en Ceremonia escuchamos producciones de pop pegadizo, casi bailable, para unos temas que siguen siendo trágicos. Se nota que La Bien Querida ha sabido rodearse bien. Al margen de Los Planetas, quienes le animaron a dedicarse a esto de la música, por ahí encontramos a David Fernández en la producción y a Joe Crepúsculo como el elemento más electrónico de la fórmula. ¿Podría haber una mezcla más actual y castiza en el escenario musical español? Los Planetas, La Bien Querida, David Fernández y Joe Crepúsculo, referentes de autenticidad en un escenario que siempre dio síntomas de entumecimiento.

   Lo tengo confirmado. Me gusta todo aquello que suena retorcido. A mí la rareza se me queda corta. En inglés tienen un término que se ajusta más por su fonética a esa impresión, weird. Suena casi a inconexa onomatopeya, weird, el vocablo que emplean los raperos para definir las producciones oscuras, marcianas, retorcidas… Yo le doy a muchos palos, pero para que un tema se me meta en la mollera y me quite el sueño ha de contener un sonido indescifrable. Y de vez en cuando encuentro alguno, a mi pesar.

   Hace un rato he terminado de entenderlo, mientras vomitaba en el baño y desde mi cuarto sonaba ‘La Veleta’. Para que una música me guste se tiene que meter en mi mente, calar mis huesos y emponzoñarme el estómago. Si no, no merece la pena.

   Y precisamente ‘La Veleta’, esa segunda canción al alimón con Los Planetas e incluido en Una Ópera Egipcia, representa la síntesis de todo lo moderno y castizo que tiene este pop nuestro, desacomplejado y referencial.  ‘La Veleta’ es una sevillana que La Niña de los Peines cantaba hace cincuenta años, a la que los granadinos han sabido dotar de un sonido electropop. Su sonido y estructura no recuerdan en nada al tema original, La Bien Querida hace suya la narración, y sin embargo ahí está, una sevillana del siglo veintiuno, todo el sentimiento del género actualizado a nuestros días.

   Porque la música no entiende de edades ni registros vocales. La música, como el arte en su conjunto, es y será siempre visceral.

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UNA IMAGEN VALE MÁS QUE MIL PALABRAS (A VECES)

   De esto hace unos años. Asistía a un curso de fotoperiodismo en una prestigiosa escuela de la capital. En aquellas largas clases de los viernes aprendí, y de qué manera, todo lo que se puede hacer con una cámara cualquiera y buenas ideas. Aprendí de un profesor curtido en la cobertura gráfica para prensa y aprendí tanto o más de unos compañeros con un tremendo conocimiento de este arte, el de la fotografía, en su vertiente narrativa. Porque no entiendo la fotografía sin la vocación de contar historias, menos aún sin la de contar historias reales, como he explicado recientemente en este blog de manías y fobias.

   Un viernes cualquiera nuestro profesor vino acompañado de todo un prócer del oficio, un fotógrafo empleado por una agencia internacional y que en lo sucesivo ha entrado en la selecta lista de consagrados por el Word Press Photo. Como viene siendo habitual en estas situaciones, nos pidió a cada uno de los allí presentes una breve introducción a nuestros intereses. Yo le fui sincero. Le expliqué que venía de los medios de comunicación y que para mí la fotografía era un instrumento más para narrar, y que en la medida de lo posible, apostillé, intentaría combinarlo con la escritura.

   Fatal, sentenció él, vaticinando que si todos hiciéramos lo mismo, todos nos iríamos a tomar viento, en lo concerniente a las expectativas laborales.

   Tal vez para él sería muy fácil renunciar a escribir, porque sí, porque en la fotografía ya encuentra todo lo necesario para desarrollar lo que quiere desarrollar: historias, información, lo que sea… que esto de la fotografía no deja de ser algo muy personal, fruto de oscuros impulsos del ser humano por comunicarse.

   Pero para mí no, por la misma razón por la que no me veo renunciando a uno de los hijos que nunca tuve. Hago fotografías porque me gusta escribir y viceversa, y creo que es pertinente encontrar la fórmula para combinar ambas facetas con el ánimo de enriquecer la una con la otra. O sin complicar tanto las cosas: Hemos de reconocer que cada medio, visto por separado, es propicio para unas ideas, unos elementos narrables determinados. Así, la fotografía se antoja un canal más acertado para la transmisión de conceptos, difícilmente abarcables por el idioma, en cambio libres, ingobernables, traslaciones de figuras mentales para los que no existen palabras, y a Dios gracias. El lenguaje hablado, ese milenario código de complejidad gramatical y semántica, nos sirve para transmitir hechos detallados, datos, información sin connotaciones.  A duras penas, pero es así, que el idioma permite una comunicación más objetiva, prosaica y menos poética que la imagen, por eso cuando oigo aquello de “una imagen vale más que mil palabras” pienso:

   Ja. Eso será a veces. Falacias a mí…

   Porque mil palabras -dos páginas en fuente Times New Roman tamaño 12- dan para mucho, para quizás una crónica sobre la ofensiva israelí en Gaza, mucho más profunda que cualquier imagen de los bombardeos. ¿Que ésta valdría para ilustrar mejor la situación sobre el terreno, calar más hondo en el público…?  Tengo mis reservas sobre ello, especialmente en una sociedad saturada de imágenes, y en la que ya apenas cala hondo nada. Damos un excesivo valor a la imagen y al mismo tiempo desperdiciamos las tremendas oportunidades que nos ofrece, como herramienta narrativa entendida en series, series fotográficas que nadie ve y que nadie se esfuerza por comprender. En fotografía se están haciendo muchas cosas interesantes y sin embargo seguimos dominados por la tiranía del impacto, quizás porque entendemos que para lo demás ya está la literatura y el periodismo escrito. Nos empeñamos en enterrar viva la capacidad narrativa de la fotografía, como si fuera a remolque de la palabra y el cine.  La fotografía, señoras y señores, es un medio autónomo con su propio potencial para el relato, como una sesión techno o un menú degustación en El Celler de Can Roca, da igual, al final se trata de contar historias a través de elementos visuales, bombos y cajas, a través de sabores y de olores… El medio es lo de menos, aunque sea lo que marque los tiempos y estrategias del autor.  Lo importante sigue siendo la idea que hay detrás, y para la cual a veces conviene coger la pluma y otras la cámara.  Eso de “una imagen vale más que mil palabras” suena ya viejuno, de tiempos en que parecía que la reproducción fotográfica nunca terminaría de sorprender al ser humano. Ahora que sabemos que no es así, que ya nos hemos acostumbrado a ver de todo en las páginas de los periódicos, no vendría mal repensar esa anquilosada balanza de fuerzas entre los diversos medios narrativos.

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A BORDO DEL NAUFRAGIO

   En los últimos años he escrito insistentemente sobre mi etapa universitaria, aquel sexenio en la ciudad de las mil atmósferas, media juventud plagada de sus luces y sus sombras, pero sobre todo gobernada por una profunda desazón. Una angustia, una agonía mental alimentada por una vida universitaria a la que nunca supe, nunca pude, nunca quise adaptarme como el común de mis compañeros de pupitre. Mientras los demás parecían gozarla de lo lindo en sus fiestas y participaban sin pudor en los vacuos debates de clase, a mí esas horas perdidas asistiendo a lecciones habitualmente infumables solo me despertaban una tremenda incertidumbre. Qué hago yo aquí, qué me estoy perdiendo por estar aquí pasando las tardes. Y más aún, me preguntaba si algunos de esos díscolos compañeros de pupitre, los que como yo se sentaban al margen de los grupitos de empollones y alborotadores, se hacían alguna vez esa misma pregunta. Qué coño hacemos aquí, si esto no va con nosotros. Si vinimos a la capital para vivir y en cambio parecemos sepultarnos bajo paladas de hartazgo. Continuamente leía en la prensa historias a medias de otros que como yo pasaron por la misma facultad –la más grande del país, por donde transitaron desde contertulios deportivos hasta reinas de España- y habían cortado la baraja, abandonado sus estudios y buscado suerte por su cuenta. Comprendía al dedillo esa drástica decisión, ahogado entre esas cuatro paredes como estaba, en un edificio que no podía ser más gris ni resultar más apático para los que no gozábamos del juego de la cafete’. En cambio pasaba los descansos refugiado en la biblioteca, no solo por su estupendo fondo bibliográfico, que también, sino por la oportunidad de pasar esas medias horas en silencio, solo molestado por el ruido de la fotocopiadora y las incursiones de cuatro cafres.

A bordo del Naufragio es la primera novela del escritor Alberto Olmos, sobre su paso por la facultad de periodismo   Reconforta, y de qué manera, comprobar que había muchos en mi situación, y que algunos de ellos escribían libros, hacían sus historias y les iba razonablemente bien. Uno de esos compañeros amargados era Alberto Olmos, con quien por una cuestión de edad no llegué a coincidir en clase, pero de cuya amargura hacia esa cárcel reconvertida he tenido ocasión de impregnarme a través de su literatura. Antes de ‘Trenes hacia Tokio’, mucho antes de ‘Ejército Enemigo’ y de ‘El talento de los demás’, cuando Olmos apuraba su tiempo en la facultad escribía ‘A bordo del naufragio’ –se me ocurren pocos títulos más inspiradores-, obra precoz que le valió el puesto de finalista en el Premio Herralde de Novela y que no es sino una libre traslación de aquella amargura, de la frustración sexual y la presión de mil atmósferas sobre nuestras cabezas. Ni un solo punto y aparte, y entreverados los recuerdos de una vida triste en un pueblo de la meseta. ‘A bordo del naufragio’ cobra la estructura de la impredecible sinapsis entre ideas, razón para la angustia de quien tiene muchas ocurrencias y no sabe ordenarlas. Esto es toda una desgracia, propia de seres demasiado inteligentes, genios que desconocen serlo. Aquel lugar no era el indicado para dar rienda suelta a muchas ideas, porque no se fomentan, si acaso se vehiculizan, como en definitiva hace el sistema educativo. En esta fábrica de frustrados no es de extrañar que abunden alumnos como Alberto Olmos, o como yo –por soberbio que resulte situarme en su misma categoría-, unos desquiciados de cojones, gobernados con ideas propias y ajenas que amenazan con llevarnos por delante. La facultad no fue lugar para nuestras ocurrencias, y a lo mejor lo que algunos aciertan a hacer con toda esa frustración es canalizarla y darle forma de libro; y entonces sí, que vengan los premios y los oropeles, los elogios y las palmaditas en la espalda de hacedores oficinistas que, oh, magia, sí se encontraban cómodos compadreando en la cafetería.

   Estoy harto de reprocharme a mí mismo que manifiesto una amargura impropia de mi edad, pero leyendo ‘A bordo del naufragio’ no hago más que acordarme de toda esa gente que en mi época universitaria vaticinó, como si todos fuésemos iguales, que echaría de menos esos años dorados. Con la perspectiva del tiempo hoy sentencio, a mi pesar pero con la dignidad de un viejo derrotado, que estaban todos equivocados, que no lo echo de menos, no quiero saber nada de lo que ocurrió entre esas cuatro paredes. Fuera sí, en mis ratos de esparcimiento por Tribunal, cervezas entre unos pocos amigos, los fines de semana leyendo en casa, cocinando para mí mismo con vistas a los rascacielos de Castellana. Amueblando mi propia vida en pisos de treinta metros, soñando cuando el insomnio me daba tregua, así fui feliz. La facultad, la manera en la que lo tienen montado, merece ser sacada del baúl de los recuerdos, y a patadas.

   Olmos es hoy un escritor mucho más afinado que el que se muestra en esta obra primaria, pero de esta debemos poner en valor su terrible sinceridad, así como la capacidad de sacar algo potable de tanta inquina. Otros descargan cartuchos de balas en universidades americanas y este escribe libros. Los hay que escribimos en blogs y nos torturamos a nosotros mismos. En fin, son formas de intentar sobrevivir.

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PADRES FALLIDOS

   En este país estamos harto acostumbrados (a lo peor hartos, a secas) a que de muchos pronunciamientos políticos subyazca un insoportable sentimiento de paternalismo por el que nadie nos ha preguntado. Ocurre con la Corona, en cuya definición viene intrínseco el calificativo de anacrónica, y ocurre también con los integrantes de los llamados partidos de gobierno, aquellos que han tenido responsabilidades ejecutivas y que, por tanto, se presume que conocen y no sobrepasan ciertos límites. Porque irremediablemente les alberga una profunda responsabilidad, la de mantenernos a nos, pobres ovejas descarriadas, en el redil, protegiéndonos de peligrosas utopías.

   La Corona está igualmente para ese menester, el de protegernos de nosotros mismos. Por eso les bastó con preguntarnos hace 40 años sobre la forma de Estado, y determinaron entonces que su jefatura va de padre a hijo, en dirección lineal sin ofrecer dudas sobre su idoneidad en una sociedad que, a su entender, está mejor bajo el yugo de un sistema que la defiende sin preguntar, una suerte de despotismo ilustrado. Al poco de morir Franco apareció en el metro de Madrid una célebre pintada, “No se os puede dejar solos”, firmada por el Caudillo. Hoy muchos parecen mantener la misma idea.

   Una idea que está en el origen del abierto distanciamiento entre la sociedad y sus políticos. Cuando se habla de desafección, de casta, de una clase política como problema para los españoles, en realidad se está observando a unos dirigentes que tratan condescendientemente, cuando no subestiman, la capacidad de esa sociedad por elegir y avanzar como colectivo. Una sociedad capaz de decidir el modelo de Estado, o de emprender motu proprio, como en Euskadi, un complejo proceso de reconciliación tras décadas de violencia en las calles. Así las cosas, es normal que a consecuencia de ese distanciamiento los políticos, los medios, la casta en general, no se entere de lo que pasa y todo le pille con el pie cambiado.

   Y cuando sí se enteran juegan a hacerse los iluminados visionarios, avezados analistas capaces de pronosticar los cambios, aunque incapaces de participar en éstos. La otra noche escuchaba en una tertulia radiofónica lo que venía a ser un sesudo debate sobre cómo se escribe la Historia. Tratando de liquidar la trillada premisa que apunta a que son los vencedores los encargados de tamaña labor, un historiador y algún que otro experto sobre el conflicto vasco intentaban dar las claves de un escenario que se transforma ante nuestros ojos. La conductora del programa se arrogaba ese rol visionario, defensora de un pluralismo que en su espacio en las ondas ni está, ni se le espera. Fue un debate que se desarrolló en unos términos conciliadores impensables hace apenas unos años en lo concerniente a Euskadi, y que sin embargo se quedó en eso, en una fanfarronería periodística, cuando al final del programa entró en antena un tipo de Barakaldo para dar su opinión. El ciudadano contertulio se declaró integrante de una formación abertzale en particular, y criticó cargado de buenos modales esa falta de pluralidad en los medios. Acusaba la falta de políticos abertzales en unos debates compuestos casi en su totalidad por liberales de derechas y socialdemócratas, y señaló directamente al importante papel que los medios jugarían en esa reconciliación, papel que, huelga decir, no están cumpliendo, según este oyente. Nos quedan pocos segundos, tenemos que despedir el programa, contestó como era previsible la presentadora, que hasta entonces parecía bien holgada de tiempo y pluralismo. Fue un cierre apoteósico para evidenciar que hay algo más edificante que dárselas de plural, y es apoyar la pluralidad. Da la impresión de que por mucho que se llenen de buenas palabras y mejores intenciones, todavía es demasiado pronto para algunos.

   Porque tendemos a ir por delante de nuestros políticos y de los medios de comunicación, por falta de comprensión de unos y otros, sobre todo, ante una sociedad que ya no se resigna a pedir cambios y ahora los emprende ella sola. Cuando veo por ahí las inciertas estocadas que intentan asestar al nacionalismo catalán no puedo cuanto menos que preguntarme qué pensaran aquellos catalanes independentistas, al observar cómo desde fuera los hay que intentan reducir esta cuestión a vagas ocurrencias de cuatro políticos, obviando que detrás hay una gran comunidad planteando esos cambios, leyendo sus orígenes y participando en un sentir común que deja a esos políticos solo como las puntas emergentes de un inmenso iceberg. En el desafío soberanista y en el nuevo escenario vasco, en la quiebra del bipartidismo y en las proclamas republicanas, quien pretenda seguir tomando la temperatura en la clase política y no en la calle se va a llevar alguna que otra sorpresa.

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LA REVOLUCIÓN SERÁ TELEVISADA

   Entre Podemos y ‘El poder de la gente’ hay una cosa en común, el lexema del que parte el verbo y sustantivo poder, que en el caso de Podemos aparece conjugado en primera persona del plural. Podemos es el nombre de un partido de nueva creación en España, mientras que ‘El poder de la gente’ es el lema electoral de Izquierda Unida para las últimas elecciones europeas. Lo fácil sería concluir que entre IU y Podemos se parecen lo mismo que una castaña a otra, más allá de cuestiones lingüísticas, pero no, no es pertinente colegir una idea tan simple, puesto que por historia, estructura organizativa e incluso algunos aspectos de sus respectivos programas electorales, entre ambas formaciones políticas hay diferencias evidentes. El programa de la coalición de izquierdas tiene 80 páginas, el de Podemos, apenas 36. Izquierda Unida ofrece el programa propio de un partido izquierdista europeo con tradición en labores de oposición y gobierno. Podemos presenta una serie de propuestas emanada de un concienzudo y plural proceso de debate popular, algo nuevo en un escenario político enquistado, dominado por la casta, como dirían sus cabezas visibles.

   Pero eso a efectos de voluntad de voto da igual. Quiero decir, estoy convencido de que el electorado de ambos partidos es en buena parte intercambiable, que los votantes de Podemos votarían de buen grado las propuestas de Izquierda Unida y a la inversa. Más aún, que mucho electorado descontento que habitualmente no acude a las urnas y esta vez sí lo hizo para apoyar a Podemos, bien podría haber ido a votar esta vez para respaldar la lista de IU. La pregunta es: ¿Qué les ha hecho moverse del sofá para ir al colegio electoral? ¿Qué fuerza aglutinadora tiene Podemos para reunir voto descontento, de izquierdas e incluso socialista y de otras fuerzas políticas tradicionales?

   ¿Se han leído todos el programa electoral de Podemos al dedillo? Una vez esto ¿han comparado dicho programa con el de las otras opciones electorales, constatando que el de Podemos es el que más se aproxima a sus postulados particulares? No way. Todos, no. El éxito de Podemos no se entiende sin la ola de descontento que azota la sociedad española, divorciada de su clase política y víctima de una severa crisis que ha dejado a millones de personas sin expectativas. El éxito de Podemos es una reacción lógica, sintomática a los casos de corrupción y a la desigualdad social. Ese éxito es el segundo asalto de las acampadas, los movimientos de acción reformistas y alternativos. Podemos es una reformulación, la indignación hecha política.

   ¿Ello explica el éxito de Podemos? En buena medida. ¿Es razón única? No way. La única, no. Para encauzar la indignación ya veníamos contando con muchas opciones políticas, con y sin representación parlamentaria. El éxito de Podemos, que no olvidemos obedece a un escenario social determinado, se explica además con la misma razón que hay detrás de cualquier pelotazo, cualquier acontecimiento que moviliza a las masas.

   Comunicación.

   Internet, la moda, la política… Para que algo triunfe, tiene que estar en los medios, es indudable. Tiene que ser un movimiento de masas. Ello explica la supervivencia de un bipartidismo que controla los medios, y ello explica igualmente el triunfo de un partido de nuevo cuño con su propia estrategia de comunicación que, a su manera, ha competido con esos otros medios tradicionales. Ahora muchos pensarán que Podemos ha tenido su único soporte mediático en HispanTV, TeleK, ciertas páginas web… Desde luego todos esos espacios han sido punto de encuentro de primer orden para sus reflexiones, unos foros de pensamiento crítico que se echaban en falta. ¿Concluimos entonces que fueron los únicos espacios de los que dispusieron? Los únicos, por supuesto que no. Porque hay distancias insalvables entre el público de esos debates minoritarios del submundo cibernético y el llamado gran público, y éste no se molesta en buscar pensamiento crítico por ahí, sino que se sienta en el sofá y, pum, enciende el televisor.

   La Sexta, 13TV, Intereconomía… no es que hayan gozado de una atención apabullante, habida cuenta de la fragmentación de las audiencias que trajo consigo la TDT, pero televisión tradicional sigue siendo televisión tradicional, no tan distinto de cuando la familia Alcántara entera observaba la caja tonta ahí en el salón, obnubilada, olvidándose de que el trasto en cuestión tiene un botón de off. El éxito de Podemos, conviene aclarar, no se entiende sin el de los debates televisivos, unos espacios baratos de show, circo político entre periodistas de la caverna mediática, políticos vanidosos y tertulianos deportivos de la central lechera.

   Estoy acostumbrado a hablar con taxistas, conserjes, polleros y gente profana de la política en general, y de todos ellos se desprende una fe ciega en que dichos debates son la forma de enterarse de lo que pasa, “o de lo que dejan que sepamos”, diría alguno de ellos con escepticismo. Los debates son los nuevos libelos, desde los cuales se difunden soflamas capaces de ser articuladas en apenas unos segundos, y a viva voz, muchas veces perogrulladas y falacias, demagogia en general. Entrar en esa pelea de barro debió de ser un reto para Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias, no cabe duda, habida cuenta de su origen en la docencia universitaria, su gusto por la reflexión y la retórica bien armada, pero tuvieron el acierto de hacerlo. Primer logro, entrar en la pelea con esa caterva de periodistas viperinos y reaccionarios.

   Segundo logro, distanciarse, en el mismo barro, de cualquier otro portavoz de alternativas de izquierda, como las que plantea Izquierda Unida. Podemos se presenta como una nueva manera de hacer política, al margen de castas y defendiendo a ultranza soluciones que bien caben en un tweet. Supresión del gasto militar, inversión en I+D+i, limitación de salarios, renta básica… En esta pugna en el seno de la izquierda Podemos tiene las de ganar porque ofrece una alternativa inmaculada: Imposible encontrar una tacha en un partido que recién acaba de nacer. Frente a ellos, cualquier otra formación tiene un historial de corruptelas y errores que siempre les perjudican.

   El elector españolito medio, el que ve los debates creyendo que así se informa, ha encontrado en Pablo Iglesias y compañía una alternativa razonable que nunca se corrompió ni tomó decisiones que le perjudicaran. Nunca tomó ninguna decisión, en verdad, porque no estaba, no existía. Podemos cuenta ahora con un año de margen para crecer de cara a las autonómicas y municipales. Con representación en Europa, no es previsible que sus acciones en Bruselas vayan a perjudicarle, porque siendo francos, aquí nos enteramos bien poco de lo que hacen nuestros representantes allí arriba.

   El éxito de Podemos es paradigmático. Nos habla de la influencia de una televisión que no podemos ni mucho menos dar por muerta como medio de masas preponderante, y más aún, de cómo ese medio puede encauzar a la audiencia a otros focos minoritarios de comunicación, como experiencias de televisión en red y sitios web. Si esta concienzuda estrategia de unos cuantos empollones universitarios ha servido para movilizar a la gente en pro de un cambio profundo, bienvenida sea la revolución televisada.

   Gracias a este esfuerzo por repensar las estrategias, por primera vez en muchos años algunos españoles tenemos la impresión de que la cosa se mueve. Hace un rato he encendido la tele y el rey de España estaba abdicando. Eso no pasa todos los días.

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OIGO LA LLUVIA CAER

   He oído por ahí que mayo es el mes más lluvioso del año. Lo cierto es que esta última semana las lluvias no han dejado de alternarse con las ráfagas de viento, dando lugar a una atmósfera intempestiva en general, tan purificadora como imposible de domesticar, algo así como una meteorología catártica. Hace un tiempo, anteriormente a la llegada de estas borrascas, había terminado por refugiarme en vídeos de YouTube que en bucles de diez horas reproducen el sonido de la lluvia caer. Con buscar palabras como sound y rain daba con una larga lista de grabaciones. Al comienzo de cada una de éstas, un anuncio publicitario que me encargaba de silenciar, y luego, la lluvia, lluvia real, o en lata, generada por un software de edición de audio. Sobre la fotografía de lluvia que ilustra cada una de esas pistas, multitud de anotaciones que igualmente me empeñaba en ocultar, como tratando de olvidar que en este mundo hasta para escuchar la lluvia es necesario sacudirse la publicidad de encima, o al menos, para escuchar lluvia cuando nosotros queramos. Para los que vivimos en ciudad el genuino sonido de lluvia viene acompañado de cláxones y salpicones en la calle, de un vacío espeluznante si la tormenta descarga en plena noche. Y es esta última versión, precisamente la más difícil de encontrar, a la que más se aproximan aquellas otras versiones enlatadas, pretenciosamente relajantes, que aguardan en YouTube al servicio de los desquiciados.

   Oigo la lluvia caer a través de los cascos, en casa, en la oficina, recordándome a mí mismo que soy un torturador de sí mismo y un desquiciado de cojones, rememorando aquella tarde, aún en la capital, en la que harto de insomnio me tumbé en el sofá para escuchar el sonido que me llegaba de la vieja lavadora. Un runrún mecánico, propio de un electrodoméstico fatigado, que desde la habitación de al lado logró que conciliara el sueño. Un zumbido que en situaciones normales habría sido insoportable, pero que dadas mis circunstancias me envolvía en un ruido blanco que cuanto menos lograba que me olvidase de todo. Absorto en mis pensamientos, temía el momento en que tuviera que levantarme del sofá, volver al trabajo, comer, enfrentarme a la cama llena de insomnio.

   No hay nada más grandioso que el sonido de las gotas caer, diminutas pero incontables explosiones que evidencian la existencia de los poderes naturales, inapelables, allí donde habitamos. El sonido de la lluvia no es sino el de finas gotas de agua que chocan contra el asfalto puesto allí a propósito por el hombre, tratando éste de ocultar una tierra que no conviene ver. Las gotas caen sobre aceras, calzadas y tejados y hacen así más ruido que el de la tormenta en mitad del bosque. Nos recuerdan que estamos aquí por gracia de la naturaleza, que mediante climas entre ecuatoriales y subárticos nos consiente levantar ciudades.

Imagen de la cabecera de True Detective, prado y fábricas

  La lluvia enrarece el ambiente, carga el entorno de un sentido atmosférico que da origen a fotografías de lo decisivo. Cuando la tormenta amaina y el cielo se abre tímidamente, como si nos asomáramos al ojo de un huracán, miramos a nuestro alrededor y observamos las calles semivacías, solo habitadas por seres que, desconcertados ante el repentino azote natural, no han podido encontrar un refugio. El aire es húmedo, hace frío, un trueno suena a lo lejos, recordamos nuestras prisas, la creciente gotera sobre el dormitorio y la ropa tendida. Es algo así como una revelación, al menos así lo veo desde una ciudad seca como es la mía, y así lo reconozco después de conocer a Rustin ‘Rust’ Cohle. El detective interpretado por Matthew McConaughey demuestra un sexto sentido para identificar esos momentos fugaces. Procedente de la lejana Alaska, desembarca en el estado de Louisiana, húmedo e ingobernable desde el Katrina, y en el momento más inesperado describe a su compañero Martin Hart esas extrañas y reveladoras visiones. Es una suerte de tensa calma que flota en el ambiente, con el aire cargado de pesadumbre y la agorera predicción de que algo terrorífico está por pasar. Dando a entender que el cielo nos da pistas sobre el futuro, o más aún, que este cielo no es sino un trasunto de lo que acontece en la tierra. ‘True Detective’ es una radiografía del mal sin ambages. Auténticos depredadores campan a sus anchas mientras cuatro infelices se entretienen con sus particulares miserias, todo bajo una cúpula de sucesivas borrascas. En el descubrimiento de ese trasunto reside la idea más frugal que existe, a saber, que la realidad nos reserva tantos cambios como maldiciones.

   Y así de esta forma, la gotera que saluda desde un rincón de mi cuarto va creciendo, inexorablemente, a medida que avanzan las tormentas de mayo. Anunciándome que el techo, literalmente, se me va a caer encima.

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FABRICAR, DISPONER, ACOTAR

   Escucho en Milenio 3 un sinfín de teorías conspirativas sobre la suerte del vuelo MH370, el Boeing 777 de Malaysia Airlines que el pasado 8 de marzo desapareció sin dejar rastro, mientras cubría el trayecto entre Kuala Lumpur y Pekín, y sobre cuyo paradero no hay pistas concluyentes. Apenas si se puede asegurar que por la carga de combustible que contenía no pudo ir más allá de la capital china por el norte, de Australia por el sur, las Maldivas por el oeste y Nueva Guinea por el este.   En total, una circunferencia de 4.500 kilómetros de radio, la mayor parte cubierta por la inmensidad del océano, adonde de hecho se sospecha ha ido a parar este enorme artefacto. La escasez de información derivó en un inmenso caos mediático, alimentado por un Gobierno malasio que no acertaba a gestionar esta crisis y por unos medios ávidos de noticias fehacientes, y que a falta de estas, se limitaban a divulgar rumores.

   En un programa especial, atemorizando a los insomnes que en la madrugada del siguiente sábado escuchábamos las ondas, los amantes del misterio capitaneados por Íker Jiménez se recreaban en la narración de esas teorías, cada cual más exótica que la anterior, y en última instancia concluían que todas las opciones siguen abiertas. A juzgar por el placer que les reporta esta circunstancia, este campo abonado para su inmensa imaginación, se diría que no se encuentran tanto fascinados por la posibilidad de que un grupo terrorista haya secuestrado el avión para cargar en él una bomba atómica con la que volar por los aires una ciudad occidental. Tampoco les fascina que la aeronave se haya adentrado en una brecha temporal, a lo Triángulo de las Bermudas. No les fascina –huelga decir- que se produzca una tragedia de estas características, como tampoco les da gozo cada una de las hipótesis que hoy se abren. Nada de eso. Lo que a los amantes del misterio les fascina es el inabarcable número de alternativas que podrían explicar la suerte del malogrado Boeing. Porque esas alternativas son infinitas, aunque solo una sea cierta.

   Veo en televisión un documental sobre la obra de Jaume Plensa. Observamos al escultor catalán preparando una exposición en Nueva York, reflexionando sobre su intervención en distintos lugares del mundo, y en suma dando claves sobre la razón de ser de sus esculturas. De entre todo lo interesante que una figura como Plensa puede aportar, un diletante del arte y fotógrafo en ciernes como yo se queda con una postilla secundaria. El escultor comenta a los realizadores del documental algo así como que, una vez visto éste, cualquier espectador se hará una imagen incompleta de él. Porque en una hora no se puede explicar toda una obra artística ni menos aún toda una vida, y por tanto estamos condenados a conocer a las personas, a entender el arte e interpretar el mundo, a través de fragmentos. Y quizás esto, a veces, no sea suficiente, pero es lo que hay.

   Leo ‘Sobre la Fotografía’, archiconocido compendio de artículos a cargo de Susan Sontag. Algo así como una puerta de entrada a la siempre enjundiosa teoría fotográfica, en su día punto y aparte en las explicaciones sobre la identidad en la fotografía, o sobre la profusión de imágenes en la sociedad actual. Un fotógrafo en ciernes y diletante de ensayos como servidor se queda con la compilación de citas al final del libro. Entre las muchas y muy interesantes reflexiones allí reunidas, esta me llama la atención más que ninguna otra:

   ‘A medida que avanzaba en mi proyecto, fue cada vez más obvio que en verdad no importaba dónde optaba por fotografiar. El lugar solo me daba una excusa para producir un trabajo (…) Sólo se puede ver lo que se está dispuesto a ver, lo que la mente refleja en ese momento especial’ – George Tice.

   No deja de ser una idea trillada de la fotografía, que ésta reside en el ojo del fotógrafo, y que lo más importante es el mirar. No el objeto observado sino cómo lo observamos. El objeto, la realidad, son una materia inalterable, tan solo modelada por nuestro particular proceso de aprehensión, el mirar, o donde reside la idea. Los que estamos convencidos de que la fotografía se compone de ideas, como núcleo de todo este arte, adoptamos sin ambages esta postura que nos empuja a defender esa motivación, dejando en un segundo plano, a veces casi ninguneando, los aspectos formales de la fotografía.

   Y si esos aspectos formales son en verdad tan secundarios, es de suponer que para nada será necesario recurrir a otras realidades para llegar a nuestras ideas. Con el mundo que nos rodea tenemos suficiente, puesto que la mayor carga imaginativa reside en nuestra particular óptica. La memoria en sí misma ofrece un sinfín de referencias, de perspectivas desde las que entender este mundo nuestro tan postmoderno y fragmentado.

   Hace unos meses tuve un profesor de fotografía que cometió un doble error. En primer lugar me pidió, junto al resto de la clase, que al final de unas memorias le ofreciera unas conclusiones, un breve comentario sobre qué pensaba del ejercicio realizado, básicamente qué dificultades me había encontrado y qué utilidad encontraba a la toma de esas fotografías, casi siempre dominadas por una técnica muy específica. Este primer error consistía en pedirle, así a bote pronto, un breve comentario a un tío tan reflexivo y torturado por sí mismo como servidor.  No contento con ello cometió un segundo error: pedírmelo por escrito. Porque hablando si apenas acierto a juntar dos frases sin que el otro desmonte mis argumentos, pero ante la hoja en blanco soy más afilado, más profundo, llego más lejos y hago más daño, sin pretenderlo, que conste. Me expreso mejor en un lenguaje, el escrito, que perdura por definición, y sobre el que podemos volcar nuestras ideas una vez bien meditadas.

   Una temeridad por su parte, está claro.

  No pude cuanto menos que escribir lo que pensaba, y para su asombro, quizás por primera vez en mucho tiempo, un alumno le salió al paso con una defensa a ultranza de la acotación.

   Porque en fotografía, tal y como yo la entiendo, podemos fabricar, disponer y acotar. La acotación, ese ejercicio que parte de la realidad sin adulterantes, está cediendo terreno ante la fantasía de hombres lobo, las post-producciones de After Effects y las fotografías de maquetas.  Porque antes de enseñarnos a acotar, nos enseñan a disponer de la realidad, o a lo peor, a fabricar otras realidades como si con la nuestra no tuviéramos suficiente. Como si fueran vías de escape a una vida anodina.  Pero yo pienso que hay algo interesante en todos nosotros, que nuestras vidas son potencialmente novelables, y que incluso podemos permitirnos la licencia de estirar nuestras circunstancias hasta los extremos del realismo mágico.

   ¿Por qué habríamos de recurrir a la fantasía de las fábulas, a guerras en galaxias lejanas y comunidades del anillo? ¿Por qué si esa forma de plantear ideas solo abunda en su banalización? Si observo una torre sobre la que descansa un ojo maléfico no siento nada en absoluto, porque estoy harto acostumbrado a interpretar esas escenas desentendidas de lo real como una fábula pueril. En cambio, me sobrecoge ver, a través del móvil de un amigo, la altura de una torre de 800 metros frente a las costas de Dubái, porque entiendo que esa imagen de baja resolución que ilumina la pantalla representa algo auténtico, una creación del hombre.

   La fotografía que profeso y propongo es pura y llana acotación. Porque antes de perdernos en universos paralelos, cargados de una dudosa imaginación, podemos recrearnos en un universo real que no acabamos de entender.

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