No habrá vacaciones para los parados

   Los parados no nos vamos de vacaciones. Si tenemos la fortuna de poder escapar de la ciudad siempre es en busca de algún trabajo, o en su defecto, de la posibilidad de este. Si además de parado eres un inadaptado con ínfulas de artista es probable que busques evasión, vana escapatoria temporal, una excusa para ampliar horizontes artísticos, o váyase usted a saber. Lo único cierto es que los parados nos vamos para no estar parados.

   Los parados nos vamos de no vacaciones.

   Y yo me voy, de no vacaciones, probablemente por un mes entero, el próximo, y por tanto desatenderé este blog, porque estaré refugiado en un lugar al que no llega Internet ni apenas el resto de comunicaciones. La última vez que ensayé una huida como esta volví con renovadas energías para darle a las teclas, así que, compadres lectores, a gozarla a lo grande.

   Seguro que nos vemos a la vuelta.

Scoraig, comunidad hippy y autosuficiente del norte de Escocia

 

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Trevor Something Does Not Exist, genuinos ochenta

Trevor Something Does Not Exist, portada del disco

   Trevor Something trasciende el espíritu revival que sacude a una parte de la música actual para convertirse en leyenda, en una leyenda inmediata y enlatada al mismo tiempo. El productor que se oculta tras este pseudónimo no quiere oír hablar de esos revival, y en cambio reivindica su puesto como auténtico espíritu de los Ochenta. Para ello se oculta en un inexistente cantante, amante de las mujeres, el whisky y las drogas, que murió de sobredosis y está de vuelta de entre los muertos. Hoy solo recuerda su nombre de pila, Trevor, su origen, el norte de Manchester, y ese synth-pop romántico que cantaba antes de morir. A la historia no le faltan ingredientes. Con unas melodías que suenan tan densas como el EBM y unas voces de truhán trasnochado, toda su música desprende la ambición de aquella época dorada, tan reivindicada en nuestros días como denostada hasta no hace tanto.

   Trevor Something Does Not Exist, se empeña en recordarnos el misterioso artista desde el título de su último largo, como tratando de restarle toda la importancia al hombre detrás de la criatura, ocultándose frente a tanta posturita y lanzamiento de tartas de la electrónica actual. Desde su pretendido anonimato destila melodías melancólicas, sintetizadores retro, bajos demoledores, amor y desconsuelo, todo a raudales, a cada beat. Nada queda a salvo de la wave ochentera, o casi nada, pues entre los samples, casi reivindicaciones, de Depeche Mode, Soft Cell y The Human League, entre otros, se cuela una más que decente versión del Genesis de Grimes, y todos sabemos que ésta, Claire Elise Boucher, allá por los ochenta no era nada, si acaso cigoto o bebé. Porque Trevor Something es humano y se le ha escapado algo de interés por el pop oscuro que abunda en nuestros días. Por lo demás, temas veraniegos y despreocupados, como Summer Love, o melodías memorables como la que da comienzo a Mechanical Lover, con evidentes parecidos a Com Truise. La canción termina con un anuncio en japonés de Sega que da paso a la consabida versión de Grimes, Sega Genesis.

   El álbum cuenta con 17 canciones -entre los que figuran tres interludios y la intro-, haciendo de él la obra más larga de un Trevor Something que en años anteriores nos ha obsequiado con numerosos lanzamientos, algunos incluidos aquí como ‘In My System’ o ‘Something About You’. Igualmente destacables Let Go, All Night o la triste Fade Away. Son 17 cortes que no te dejan respirar, tanto por la ausencia de pausas como por la profusión de bajos pesados y sintes pegadizos.

   La propuesta desacomplejada de Trevor Something no está carente de un minucioso trabajo de arqueología sonora. Trevor Something Does Not Exist es capaz de contentar a los nostálgicos de músicas y videojuegos pasados, y a su vez sacar a cualquiera a la pista de baile, cautivados, robotizados por una esencia ochentera que está para quedarse. Trevor Something drives me crazy.

 

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Office Space, el trabajo basura o una basura de trabajo

   El cine es un campo abonado para abordar las relaciones laborales. Normalmente se trata el tema con enjundia, con una pretenciosa vocación social que no siempre llega a buen término. No obstante, de vez en cuando aparecen películas desenfadadas, como Trabajo Basura (Office Space en la versión original), que se limitan a evidenciar un hecho universal, a saber, que el trabajo apesta (Work sucks) y que mejor reconocerlo cuanto antes para acostumbrarnos sin escozor.

Office Space, Trabajo Basura, cartel de la película de Mike Judge   No podíamos esperar otra cosa de Mike Judge, creador de las series animadas ‘Beavis y Butt-head’ y ‘El loco de la colina’. Los personajes de Office Space parecen salidos de un cómic sarcástico, dibujados a trazos gruesos para provocar la risa, como el insoportable jefe de Initech, Bill Lumbergh, o el inclasificable Milton, toda una bomba de relojería.  Office Space es una cinta plagada de gracias tan malditas como desternillantes, y en este caso el sano ejercicio de reírse trae consigo el despertar de lacerantes sentimientos de rabia, hartazgo, odio a la rutina e incluso ira (la escena de la impresora es memorable, como lo es una banda sonora plagada de rap combativo). Porque Office Space arremete, sin moralismos pero de qué manera, contra la tiranía de la oficina, ese espacio de trabajo global que como cualquier ciudadano con ínfulas de erudito nos dirá hasta la saciedad: Nos aliena. El trabajo no dignifica al hombre sino que lo aliena, lo saca de sí mismo y lo desnaturaliza. Igual es todo más sencillo. El trabajo nos abronca, nos pone de mala leche pues nos obliga a prematuros despertares, a mucho morderse la lengua y lidiar con la incompetencia. El trabajo nos genera estrés, nos aparta de nuestros sueños, pero nos permite seguir vivos, o eso meditan muchos oficinistas de medio mundo al pagar las facturas.

   De Office Space no hay lección práctica que extraer. Tan solo juega con el experimento de tratar de escapar de esa realidad. Pero por una vez el plan de huida no se dirige hacia arriba, hacia mayores ganancias, puestos de más responsabilidad para convertirse en un prócer entre el ejército de cuellos blancos. Ser el jefe, cabeza de ratón, única salida con la que nos mantienen entretenidos y expectantes, extraña forma de huir, hacia dentro. Al contrario, el ingeniero informático Peter Gibbons (Ron Livingston) descubre que para no hacer nada no es necesario ganar un millón de dólares, sino sencillamente no hacer nada. Poco tardará en percatarse además de que su nueva actitud es toda una jugada maestra. La estupefacción que despierta a su alrededor le librará de dar explicaciones y le ofrecerá gratas sorpresas. Aunque siga odiando la empresa esta le gratificará con ascensos, como si a toda costa no quisieran dejarle huir hacia fuera, sino solo hacia dentro, hacia arriba.

   La película evidencia a base de humor lo absurdo de las estrategias laborales, el corporativismo imperante que parece succionar mentes. En un tiempo en el que a los parados nos piden que hagamos marca personal y las camareras del Hooters se operan las tetas por costumbre, tal vez deberíamos preguntarnos si antes de nada no deberíamos someterlo todo a un juicio personal, el del sentido común. Porque si las cosas no tienen sentido para el empleado, difícilmente lo tendrán para toda una corporación. El papel de Jennifer Aniston, una camarera sin aspiraciones ni ganas de aguantar estupideces, encarna la incredulidad ante esas dinámicas empresariales. Hacer marca, aportar valor, someterse a cualquier dictamen de los jefes sin preguntar.

   Office Space no nos habla de problemáticas sociales y laborales como sí lo haría Ken Loach, o Laurent Cantet en Recursos Humanos. No nos habla de la ambición ni las huidas hacia arriba como Scarface (acertadamente titulada en España como ‘El precio del poder’). Office Space no es nada de eso. Office Space es una gamberrada, y como tal hace reír a quien la presencia, o puede hacer llorar a quien la sufre.

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Extraterrestre, el realismo mágico de Nacho Vigalondo

Michelle Jenner y Julián Villagrán en Extraterrestre, de Nacho Vigalondo

   No me gusta la ciencia ficción. Me mantengo fiel a la idea de que para hablar de cualquier idea nos basta con recurrir al mundo que nos rodea, sin necesidad de inventar galaxias lejanas o tierras medias. Nacho Vigalondo, sin embargo, ha conseguido convencerme con esta historia de invasiones alienígenas en la que en verdad lo que menos importan son las invasiones alienígenas. En cambio el director cántabro tira de ese falso leitmotiv para adornar Extraterrestre, una valiente historia sobre la confianza y las relaciones entre las personas. Relato bizarro donde las haya, que estira la realidad hasta volverla irreconocible.

   Y curiosamente la película no podía comenzar con una situación más reconocible en el cine, donde las resacas domingueras tienen lugar en el piso de diseño de algún pibón. El protagonista se despierta un domingo por la tarde, descolocado tras una apoteósica juerga con ligue incluido, en la casa de su última conquista.   A partir de entonces se suceden una serie de circunstancias que le impiden salir de la vivienda, empezando por la inesperada visita extraterrestre. Los personajes son unos panolis en toda regla, algo bien lógico, estando interpretados por Julián Villagrán, Carlos Areces y Raúl Cimas. Precisamente en la tirante relación entre estos dos últimos despunta el surrealismo de andar por casa que tan popular les ha hecho junto a Joaquín Reyes y compañía. Entre este triángulo de pavisosos, una Michelle Jenner envuelta en un previsible enredo amoroso que va dejando la cuestión alienígena en un segundo término.

   Porque nos invaden los extraterrestres, nos conquistan imperios, nos arrastran riadas, y en medio, la vida, sin ambages. Te asomas a la ventana un domingo cualquiera, jodido por la cerveza de una noche infame, y descubres el vértice de un amenazante platillo volador, allí en la distancia, mientras en tu fuero interno solo meditas cómo volver a echar un clavo. A esto se le llamaba Realismo Mágico ¿verdad? Como Cien Años de Soledad, de Gabo, pero sin épica.  Y con ‘All my little words’, de The Magnetic Fields, como impagable colofón.

   Ya desde el comienzo de la cinta queda bastante claro, que Extraterrestre es una historia de cuatro o cinco personajes y un par de escenarios, no más. Una suerte de burbuja que nos aísla de lo que ocurre por ahí, fuera de nuestro alcance, precisamente en el fuera de campo, una invasión con mayúsculas, migraciones masivas, ataques indiscriminados quizás.  No lo vemos, pero lo imaginamos, y aun con todo nos centramos en las miserias de estos personajes superados por las circunstancias. Somos unos simples, qué más vamos a pedir.

   Convence, me convence y cautiva, la estrategia de Vigalondo para estirar la realidad hasta juntarla con lo surreal. Para mezclar, en definitiva, realismo y surrealismo, jugar con ambos polos, desviar el centro de atención y construir una historia basada en los malentendidos, las sospechas y las ganas de deshacer un entuerto para el que no estamos a la altura. O tal vez todo sean ganas de superar la resaca, según se mire.

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Intolerancia al catalán

   España es un país que cuenta con una rica variedad lingüística. Ya quisieran en muchos otros lugares del mundo disponer de toda esa riqueza cultural (la lengua, pilar básico de la cultura) para explotarla a todos los niveles. Nuestras lenguas pueden ser también patrimonio turístico y económico, señas de identidad bien rentables y enriquecedoras. Además, se da la circunstancia de que entre muchos de nuestros idiomas cabe la posibilidad de un diálogo plurilingüístico, en el que cada uno hable su propia lengua sin necesidad de imponer ésta a los demás. Yo puedo hablar en español a un interlocutor que me conteste en catalán y ambos nos entenderemos, y si alguien me habla en euskera entonces seré yo quien tenga el problema, porque él será capaz de entender dos idiomas y yo apenas uno, el mío. En esa situación me quedará el consuelo de que se me abren un sinfín de posibilidades para entenderle en un futuro, con buena voluntad por parte de sus hablantes y algo de esfuerzo por la mía. Nadie me impedirá aprender un idioma, jamás, y lo que es más importante, mis principios tampoco me lo impedirán.

   Vivo en una ciudad llamada Zaragoza, en el norte de España. Por aquí hablamos el español, una lengua compartida por 500 millones de personas a ambos lados del charco, el tercer idioma en Internet, solo por detrás del inglés y el chino.   Si tomo las carreteras que me llevan al sur, oeste y suroeste me encontraré con una sucesión de poblaciones que hablan mi lengua con diversos acentos. Si en cambio me dirijo unos 180 kilómetros al noroeste daré con una creciente comunidad de hablantes de euskera. Otros cientos de kilómetros más allá, recorriendo la cornisa cantábrica, llegaría al pueblo gallego. Volviendo a partir desde mi casa, 150 kilómetros al norte llegaría al universo del francés, nutrido a su vez por esos lares con una comunidad de lengua occitana. Precisamente conduciendo una mañana hasta el valle de Arán, en Lleida, escucharía el aranés, variante del occitano. Para escuchar a las pocas personas que continúan empleando el aragonés (el dialecto del romance que más se asemeja a esa lengua medieval) me adentraría en los valles del Pirineo de Aragón. Por último, si de lo que se trata es de oír catalán, bastaría conducir hacia el este, en un viaje de unos 120 km por la nacional dos.

   Luego los filipinos presumen de que en algunas de sus islas cada pueblo habla un dialecto diferente, y se enorgullecen, y lo resaltan en sus folletos turísticos. Aquí sin embargo parece que hemos de tomar nuestra variedad lingüística como un estigma, una realidad que lastra nuestro progreso como país. Muchos de mis conciudadanos entienden que, estando en España, es el castellano una lengua que siempre debe predominar frente a las demás. Se sienten incómodos cuando alguien de su propio país les habla en un idioma que no entienden. Tal vez, y esto es pura opinión, se sienten en situación de inferioridad, e ipso facto apelan a la preponderancia del español para desprenderse a toda costa de esa sensación humillante. No han entendido, ni entenderán, que en España se hablan varias lenguas, y que los tiempos de imponer una lengua al resto pasaron ya, afortunadamente. Porque hoy en este país cada uno puede hablar el idioma que quiera, venga de Girona, de Huelva o de la China. Todo consiste en el sentido común y la buena voluntad de las personas para comprendernos entre nosotros. Pero es esto lo que falta, comprensión, y en cambio esos grupos de intransigentes de uno y otro lado se escudan en un interesado análisis de la política y la economía para sentenciar que no, que los parlantes de esas lenguas menores (como las consideran) recurren a estas como mera excusa para sus propósitos, y que por tanto, dada esta estrategia torticera, no vale la pena siquiera preservar dichas lenguas. Todos esos que penan por el castellano, que tienen tras de sí a 500 millones de hablantes y ninguna amenaza de desaparición lingüística, ¿qué harían si su lengua fuese compartida por apenas siete millones de personas y aún tratasen de imponerles otro idioma?

   En España hay mucha gente que no aprende una lengua por principios. Ya es mala suerte, contar con unos principios que no le permitan aprender a uno. Me cuesta imaginar un ejemplo más evidente de intransigencia. Porque al final todo se reduce a eso, no se confundan, un problema de pura y sencilla intransigencia, la madre de todas las intolerancias.

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LA VELETA DE LA BIEN QUERIDA

La Veleta de La Bien Querida, sevillana con Los Planetas

   Descubrí a La Bien Querida hace tiempo, con ‘De Momento Abril’. Después vinieron años en los que su música quedó sepultada bajo toneladas de canciones en mi ordenador y mi estantería, típico en un pop plagado de futuras promesas. Hace ahora un año volví a cruzarme con ella a través de Los Planetas y su ‘No sé cómo te atreves’, un tema que para mí está manchado con la muerte y el vacío. Entonces terminé por descubrirla, a Ana Fernández-Villaverde, La Bien Querida, una autora de arte doliente, una artista con todas las letras, que como tal desarrolla un arte libre y desacomplejado.

   Ahora que he recorrido su discografía, recreándome en la escucha de su último álbum, Ceremonia, creo que he terminado de comprenderlo. Por qué me gusta su música, si no canta bien, si se expresa con una letanía cadenciosa, si habla tanto de algo que me resulta tan ajeno: El amor. Tal vez, se me ocurre pensar, sus canciones no hablen tanto de amor y sí un tanto de desamor, demasiado, desamor universal como denominador común a todos los seres, ahí sí me reconozco. E incluso cuando habla de amor se le escapa un cante triste, como de amor que está a punto de romperse. La Bien Querida es trágica, eso me gusta de ella.

   Y por si no fuera suficiente, sus canciones están vestidas con una valiente rareza. Si nos detenemos en Ceremonia escuchamos producciones de pop pegadizo, casi bailable, para unos temas que siguen siendo trágicos. Se nota que La Bien Querida ha sabido rodearse bien. Al margen de Los Planetas, quienes le animaron a dedicarse a esto de la música, por ahí encontramos a David Rodríguez en la producción y a Joe Crepúsculo como el elemento más electrónico de la fórmula. ¿Podría haber una mezcla más actual y castiza en el escenario musical español? Los Planetas, La Bien Querida, David Fernández y Joe Crepúsculo, referentes de autenticidad en un escenario que siempre dio síntomas de entumecimiento.

   Lo tengo confirmado. Me gusta todo aquello que suena retorcido. A mí la rareza se me queda corta. En inglés tienen un término que se ajusta más por su fonética a esa impresión, weird. Suena casi a inconexa onomatopeya, weird, el vocablo que emplean los raperos para definir las producciones oscuras, marcianas, retorcidas… Yo le doy a muchos palos, pero para que un tema se me meta en la mollera y me quite el sueño ha de contener un sonido indescifrable. Y de vez en cuando encuentro alguno, a mi pesar.

   Hace un rato he terminado de entenderlo, mientras vomitaba en el baño y desde mi cuarto sonaba ‘La Veleta’. Para que una música me guste se tiene que meter en mi mente, calar mis huesos y emponzoñarme el estómago. Si no, no merece la pena.

   Y precisamente ‘La Veleta’, esa segunda canción al alimón con Los Planetas e incluido en Una Ópera Egipcia, representa la síntesis de todo lo moderno y castizo que tiene este pop nuestro, desacomplejado y referencial.  ‘La Veleta’ es una sevillana que La Niña de los Peines cantaba hace cincuenta años, a la que los granadinos han sabido dotar de un sonido electropop. Su sonido y estructura no recuerdan en nada al tema original, La Bien Querida hace suya la narración, y sin embargo ahí está, una sevillana del siglo veintiuno, todo el sentimiento del género actualizado a nuestros días.

   Porque la música no entiende de edades ni registros vocales. La música, como el arte en su conjunto, es y será siempre visceral.

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UNA IMAGEN VALE MÁS QUE MIL PALABRAS (A VECES)

   De esto hace unos años. Asistía a un curso de fotoperiodismo en una prestigiosa escuela de la capital. En aquellas largas clases de los viernes aprendí, y de qué manera, todo lo que se puede hacer con una cámara cualquiera y buenas ideas. Aprendí de un profesor curtido en la cobertura gráfica para prensa y aprendí tanto o más de unos compañeros con un tremendo conocimiento de este arte, el de la fotografía, en su vertiente narrativa. Porque no entiendo la fotografía sin la vocación de contar historias, menos aún sin la de contar historias reales, como he explicado recientemente en este blog de manías y fobias.

   Un viernes cualquiera nuestro profesor vino acompañado de todo un prócer del oficio, un fotógrafo empleado por una agencia internacional y que en lo sucesivo ha entrado en la selecta lista de consagrados por el Word Press Photo. Como viene siendo habitual en estas situaciones, nos pidió a cada uno de los allí presentes una breve introducción a nuestros intereses. Yo le fui sincero. Le expliqué que venía de los medios de comunicación y que para mí la fotografía era un instrumento más para narrar, y que en la medida de lo posible, apostillé, intentaría combinarlo con la escritura.

   Fatal, sentenció él, vaticinando que si todos hiciéramos lo mismo, todos nos iríamos a tomar viento, en lo concerniente a las expectativas laborales.

   Tal vez para él sería muy fácil renunciar a escribir, porque sí, porque en la fotografía ya encuentra todo lo necesario para desarrollar lo que quiere desarrollar: historias, información, lo que sea… que esto de la fotografía no deja de ser algo muy personal, fruto de oscuros impulsos del ser humano por comunicarse.

   Pero para mí no, por la misma razón por la que no me veo renunciando a uno de los hijos que nunca tuve. Hago fotografías porque me gusta escribir y viceversa, y creo que es pertinente encontrar la fórmula para combinar ambas facetas con el ánimo de enriquecer la una con la otra. O sin complicar tanto las cosas: Hemos de reconocer que cada medio, visto por separado, es propicio para unas ideas, unos elementos narrables determinados. Así, la fotografía se antoja un canal más acertado para la transmisión de conceptos, difícilmente abarcables por el idioma, en cambio libres, ingobernables, traslaciones de figuras mentales para los que no existen palabras, y a Dios gracias. El lenguaje hablado, ese milenario código de complejidad gramatical y semántica, nos sirve para transmitir hechos detallados, datos, información sin connotaciones.  A duras penas, pero es así, que el idioma permite una comunicación más objetiva, prosaica y menos poética que la imagen, por eso cuando oigo aquello de “una imagen vale más que mil palabras” pienso:

   Ja. Eso será a veces. Falacias a mí…

   Porque mil palabras -dos páginas en fuente Times New Roman tamaño 12- dan para mucho, para quizás una crónica sobre la ofensiva israelí en Gaza, mucho más profunda que cualquier imagen de los bombardeos. ¿Que ésta valdría para ilustrar mejor la situación sobre el terreno, calar más hondo en el público…?  Tengo mis reservas sobre ello, especialmente en una sociedad saturada de imágenes, y en la que ya apenas cala hondo nada. Damos un excesivo valor a la imagen y al mismo tiempo desperdiciamos las tremendas oportunidades que nos ofrece, como herramienta narrativa entendida en series, series fotográficas que nadie ve y que nadie se esfuerza por comprender. En fotografía se están haciendo muchas cosas interesantes y sin embargo seguimos dominados por la tiranía del impacto, quizás porque entendemos que para lo demás ya está la literatura y el periodismo escrito. Nos empeñamos en enterrar viva la capacidad narrativa de la fotografía, como si fuera a remolque de la palabra y el cine.  La fotografía, señoras y señores, es un medio autónomo con su propio potencial para el relato, como una sesión techno o un menú degustación en El Celler de Can Roca, da igual, al final se trata de contar historias a través de elementos visuales, bombos y cajas, a través de sabores y de olores… El medio es lo de menos, aunque sea lo que marque los tiempos y estrategias del autor.  Lo importante sigue siendo la idea que hay detrás, y para la cual a veces conviene coger la pluma y otras la cámara.  Eso de “una imagen vale más que mil palabras” suena ya viejuno, de tiempos en que parecía que la reproducción fotográfica nunca terminaría de sorprender al ser humano. Ahora que sabemos que no es así, que ya nos hemos acostumbrado a ver de todo en las páginas de los periódicos, no vendría mal repensar esa anquilosada balanza de fuerzas entre los diversos medios narrativos.

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