Políticos de plasma

   La tecnología extiende sus tentáculos sobre las personas. Las personas no pocas veces lidian con la tecnología, la maltratan, la utilizan o infrautilizan de forma torticera revelando sus propias vergüenzas. Es divertido observar el proceso, las tácticas que emplea la gente para doblegar los avances tecnológicos, hacerlos suyos, ninguneando muchas veces su potencial, su buen uso. La fotografía digital deriva en selfies, el Twitter en una corrala para los seguidores de ciertos espacios televisivos, y el plasma… bueno, el plasma es el refugio de según qué políticos.

   Fue muy divertido ver a Mariano Rajoy al otro lado de las pantallas. De la pantalla de casa y de la pantalla que presidía, aquella mañana de febrero de 2013, la sala de prensa de la sede del PP. Fue cutre, desvergonzado, cobarde, pretender en esa situación que el mensaje fuera lo único importante, obviando el método para comunicarlo y evitando cualquier pregunta de los medios. Pocos días después comparecería en Berlín junto a su contraparte alemana, Angela Merkel, en una de las pocas ocasiones en las que no le queda más remedio que mostrarse ante los medios, durante sus viajes al extranjero, a Alemania o Australia, como el pasado fin de semana. Para España, afortunadamente, siempre queda el recurso de la pantalla. Estos son nuestros políticos 2.0., quienes a su manera se han adaptado a los nuevos tiempos haciendo uso de la tecnología. Son nuestros políticos de plasma.

   Luego los periodistas andan a la gresca, y con razón denuncian la opacidad de estos representantes de la ciudadanía. Señalan los periodistas que un político no necesita público en la sala para limitarse a hacer declaraciones sin contestar preguntas. Lamentan este abuso de los gabinetes de comunicación, pero a su vez no se sienten empoderados para, entre todos, boicotear estas prácticas limitándose a no asistir a las convocatorias. Cuando empezó esta moda de las falsas ruedas de prensa, hace ya unos años, los profesionales de los medios se encargaron de hacerlo público, pero con el tiempo todos nos hemos olvidado. Los políticos se han salido con la suya.

   En realidad, el hecho de que un gobernante del más alto nivel convoque a los medios con el único fin de sentirse importante no tiene nada de vergonzoso. No debería tenerlo si estas comparecencias vienen enmarcadas en una estrategia de comunicación abierta, más transparente, que dé espacios para una relación fluida con los medios, se contesten preguntas, se ofrezcan datos, cobertura gráfica, se permita, en suma, que los medios hagan su trabajo. Estamos acostumbrados a ver cómo Obama enfila por el pasillo de la Casa Blanca, se aproxima al atril, suelta su discursito y se vuelve por donde ha venido. Los periodistas recogen su testimonio y no abren la boca. Al día siguiente el presidente americano puede estar de compadreo con esos mismos periodistas. Mientras tanto los fotógrafos de la Casa Blanca, entre los que destaca el consagrado Pete Souza, registra todo el proceso, produciendo una atractiva cobertura gráfica que invita a los medios a utilizarla. También observamos sin ningún asombro cómo David Cameron, desde la cocina de un colegio de Coventry, hace declaraciones a treinta centímetros de la cámara, poniendo su empeño en convencer a la sociedad británica de sus bondades como político. Estos dirigentes están sujetos a estrategias de comunicación obviamente interesadas, pero que intentan, nunca sin perjudicar sus intereses, dar esa apariencia de cercanía, transparencia, toma y daca entre el primer y el cuarto poder.

   Pero aquí no. En España ni siquiera se esfuerzan en transmitir esa transparencia. Como muestra, el Twitter de Mariano Rajoy es una oda al anquilosamiento, y uno solo puede recordar las reacciones airadas de muchos políticos a según qué reporteros hace cosa de veinte años, justo antes de que algún asesor corriera a advertirles de las antipatías que despertaban entre la población con sus desprecios. Nuestros políticos rara vez han entendido la importancia de estos menesteres.

   Tal vez no me he explicado bien, insinúa ahora Rajoy. Adelanta que, con toda seguridad, deberá viajar a Cataluña para hacerse entender. Lo grave del consabido anquilosamiento es que con él nuestros políticos no revelan más que su incapacidad para transmitir ideas. Estos ni con la mejor campaña mediática del mundo, ni con Pete Souza alrededor se libran.

   La otra noche, precisamente tras la consulta celebrada en Cataluña, veía los informativos de Televisión Española cuando el nuevo ministro de Justicia, Rafael Catalá, apareció inesperadamente en directo. Sin previo aviso y con dificultad para apartar la vista de sus papeles, Catalá se limitó a recordar la postura del Gobierno en su versión más reaccionaria. Sin mediar despedida, en cuanto terminó su discurso salió vacilante del plano, que por otra parte fue el mismo para todas las cadenas y se mantuvo en todo momento cerrado. Fue de principio a fin una intervención enlatada, con un único punto de vista, que me hizo pensar en la entrada en una nueva era mediática, en la cual los medios claudican y los políticos imponen sus formas para evitar ser cuestionados y editados por los profesionales.

   Cabe preguntarse: si Cameron y Obama pueden permitirse el lujo de estas prácticas ¿por qué íbamos a negárselas a los políticos patrios? Tal vez antes de esas prácticas dirigentes como Cameron y Obama han hecho un esfuerzo por mostrarse cercanos y comprensivos. Los ciudadanos tenemos derecho a exigir esos valores, y cuando tristemente los damos por perdidos, al menos debemos pedirles que hagan un intento de trampantojo, que demuestren una preocupación al respecto, algo de vergüenza. Tal vez aquí es pedir demasiado.

   Así y todo, por muchas pantallas que se compren no tienen nada que hacer. Esos políticos que se ocultan, repito, nada que hacer tienen, porque la tecnología anda sola.

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Wall Street y El Olimpo

   Corría el rumor desde hace años. Más que un rumor, era algo así como una frase hecha, una predicción de baratillo. China acabaría por convertirse en la primera potencia mundial, por delante de Estados Unidos. Hoy algunos confirman la profecía antes que los datos definitivos que lo constaten. El gigante asiático adelanta al tigre de papel, si no hoy, sí dentro de unos meses, aunque por el camino se hayan apaciguado los temores, acallado las suspicacias que esta situación despertaba. Ahora más que nunca lo observamos como un fenómeno natural, cuestión de inercia, resignados como estamos a entender que Occidente no era una potencia tan intocable, no desde la caída de las Torres Gemelas y mucho menos desde el advenimiento de la última crisis. Tal vez desde estos dos acontecimientos lo veníamos entendiendo con meridiana claridad, que aquello iba a terminar por lógica, que no hay manera de mantenerse a flote produciendo menos y especulando más.

   O cazando menos y cocinando más. ¿Acaso es eso posible?

Wall Street cartel Oliver Stone Michael Douglas Charlie Sheen Daryl Hannah

   Viendo Wall Street recuerdo una brillante reflexión de Frank Sobotka en The Wire: “Antes fabricábamos cosas en este país (…) Ahora solo metemos la mano en el bolsillo de quien está al lado”. La deslocalización y la especulación nos han llevado adonde estamos ahora, tratando de servir más platos con menos comida. Europa hace equilibrios para no volver a entrar en recesión, en España intentamos creer que salimos de una crisis con efecto rebote y en Estados Unidos siguen jugando a la ruleta rusa. Oliver Stone no podría haber pasado por esta vida sin hender en la llaga. Y lo hizo tiempo ha, precisamente en la cresta de la ola, en aquel lejano 1987. Hijo de un corredor de bolsa, Stone tenía los conocimientos y el ojo crítico necesarios para rodar Wall Street, una historia rabiosamente actual y genuina. A su lado El Lobo de Wall Street es una parodia, un espectáculo pirotécnico que a su manera también abunda en las fracturas del sistema. Pero este Wall Street, el original, aquel en el que debieron reflejarse los brokers de Inside Job y demás ejercicios documentales, se erige más que nunca como un documento sin fecha de caducidad. El personaje de Charlie Sheen -un actor vicioso y viciado, al borde del precipicio- es un broker hipnotizado por el rutilante encanto de Gordon Gekko, el gran inversor encarnado por un Michael Douglas que rezuma altanería y suficiencia.

   Es Gekko quien enseñará al joven Bud cuál es su cometido en el mundo: Poseer. Porque por encima de la fabricación, incluso por encima de la especulación, está la posesión como forma de vida, al margen de cualquier salpicadura de quienes bajo nuestros pies intentan sobrevivir. Esa forma suprema de éxito es una inversión del Capital, de los lobos de Wall Street, que durante décadas se refugiaron en ese confortable Olimpo, conscientes de su poder. Y el éxito de ese modelo no se explica sin una masa de inversores y empresarios sin escrúpulos, capaces de vender a su madre con tal de alcanzar las alturas. Meten la mano en bolsillo ajeno, reclaman comisiones y se hacen la zancadilla entre sí. En cuanto el inocente Bud Fox descubre de qué va el juego comienza a obrar en sentido contrario. Wall Street es, para que nos entendamos, la típica historia que pivota en torno a un pobre diablo, bien pueril, que en el instante decisivo se descubre rodeado de hienas, o de lobos, mientras que el espectador ya ha captado la situación en el minuto uno.

   El film de Oliver Stone, aquí en su papel habitual de agitador de conciencias, no alienta el estupor que sí despertó con argumentos similares al escribir el guión de Scarface. Wall Street es mucho más comedida y teórica, pero no por ello se deshace de la antipatía que caracteriza a muchas de sus películas. Entre los despachos y apartamentos de este Wall Street la ética despunta en contadas ocasiones. Lo demás es una sucesión de ambición y soberbia que carga el ambiente.

   Como contrapunto, y para dar un poco de aire al protagonista y el espectador, Martin Sheen se pone en la piel de Carl Fox, padre de Bud (padre de Charlie) y líder sindical en una aerolínea. Su personaje sirve además para que la historia carbure, intentando trasladar a su hijo el gusto por las cosas bien hechas, o por las cosas hechas, en definitiva. Porque para cocinar primero es necesario cazar.

   En una breve conversación en el coche, al final de la película, todo parece resolverse, cuando el padre le dice a su hijo que la vida consiste en crear, “en lugar de vivir de la compra y venta de otros”. Entonces recuerdo a Sobotka, al tiempo que me vienen a la mente las imágenes de polígonos industriales moribundos, o la de los nietos y los hijos viviendo en casa de la abuela, a costa de su pensión. La creación y la familia. Ahora que seguimos de bajón es lo que tenemos, si antes no lo hemos vendido.

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Under The Skin: Una escultura de forma y fondo

Under the Skin   Como el extraño líquido en el que se sumergen las víctimas de la protagonista de este film, la trama de Under The Skin es impenetrable, y peligrosa, para el espectador que no se quede en la superficie y pretenda adentrarse en la historia. El relato -una alienígena que llega a la Tierra sin más propósito que el de absorber la esencia de sus conquistas- recuerda vagamente al de Liquid Sky, aquella película que fue baluarte del electroclash más viciado del Nueva York de los ochenta. Y aunque la fuerza que cobra la estética acerca las propuestas de ambas cintas, Under The Skin resulta más siniestra si cabe porque no hace ningún esfuerzo por explicarse. Será ese espectador curioso el único que sobreviva al tedio y arme una suerte de hilo conductor para en los minutos finales recibir su recompensa en forma de revelación. Una revelación sin ambages que supedita todo lo precedido y desnuda a las bravas una película que, cargada de violencia y sexualidad, no es violenta ni sexual, y que en cambio se conforma con ser y explotar.

   Under The Skin es una explosión, una sucesión de imágenes con entidad propia que muestran un universo claroscuro, frío y desapacible. El británico Jonathan Glazer ha dirigido un film de cuidada factura cuya propuesta goza de una estética potente. La voluptuosidad de Scarlett Johansson es solo un argumento más. A su altura quedan una iluminación tenebrosa y una banda sonora que abunda en ese tenebrismo y nos sirve para trascender la piel de ese particular ser. Glazer partió de la novela homónima de Michel Faber, publicada en el año 2000, para hacer su aportación al género de la Ciencia Ficción, en el que apenas se toca con ‘2001: Odisea en el Espacio’ y con la consabida Liquid Sky. Under The Skin no obedece a convencionalismos de género. Es demasiado personal, demasiado arriesgada y antipática. Demasiado compleja si analizamos a su protagonista, un ser alienígena que cobra la forma de una sensual mujer interpretada por Johansson, la Hollywood Star que nunca se alejó tanto de serlo, la actriz reconocida en todo el mundo que aquí es capaz de desprenderse de su fama para resultar convincente en su papel. Este ser extraterrestre, de labios rojo carmín y abrigo de piel, recorre con su Transit blanca el Glasgow de las clases medias, los centros comerciales, las fiestas y los jóvenes seguidores de los Celtics. En ese recorrido se genera una mezcla imperceptible entre dos universos, a saber, el nuestro y el de aquella fuerza alienígena de oscuros deseos. La protagonista es auxiliada por los viandantes tras caerse en la calle, o intenta comer un trozo de tarta que termina vomitando ante la mirada de la gente. Son situaciones en las que ambas realidades chocan sin reconocerse.

   En Under The Skin encontramos a esa protagonista inconfundible; encontramos a sujetos anónimos, víctimas que llegan y desaparecen; entendemos la importancia del recorrido, del viaje que hacemos de la mano del personaje, dejándonos llevar. Y nada de esto es tan importante como el punto de vista, algo así como el protagonista en la sombra. Sin ver el entorno como un alienígena, pero tampoco como a un ser humano que observa a un alienígena, nos quedamos a mitad de camino para descubrir que la rareza de las cosas viene dada por nuestra propia óptica. Este universo de Glazer se acerca a la ficción, pero recoge los escenarios inhóspitos de un lugar como Escocia, unión entre la naturaleza salvaje y la civilización, que es intercambiable con lo inhóspito de cualquier territorio. Mediante la cámara oculta observamos el día a día de ese Glasgow reconocible, intercalado con los paisajes naturales y los planos subjetivos. Ese punto de vista en tierra de nadie otorga a Under The Skin un significado desconcertante y perturbador. Porque Glazer no buscó hacer una película fácil de ver, sino que desarrolló una historia en la que forma y fondo se unen para crear una escultura llena de aristas. Under The Skin es un film que no busca nada más, que no suplica nuestra comprensión y en cambio solo aspira a mostrarse y, a lo sumo, si el espectador consiente, a colarse bajo su piel como un virus extraterrestre.

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Eli Goldratt – La Meta

   Eliyahu M. Goldratt es considerado un gurú de la gestión de proyectos, uno de los hombres que en la segunda mitad del pasado siglo dio corpus, envoltura y proyección a esta ciencia de hacer y organizar las cosas.  La Gestión de Proyectos (o Project Management como suele recogerse en el nombre de algún máster no falto de pretensión) consiste básicamente en eso, en hacer algo, lo que sea, en saber gestionar presupuestos, personal, procesos…

Eli Eliyahu M Goldratt - La Meta

   La Meta narra ese proceso de mejora continua.  Camuflado bajo una forma de novela, una historia vacía y trillada sobre los problemas profesionales y también familiares del director de una fábrica, Eli Goldratt desgrana muchos de sus principios, como la Teoría de las Limitaciones, los cuellos de botella o su analogía en el eslabón más débil de una cadena.  Como novela carece de todo interés.  Como manual para la gestión eficaz, para la detección de problemas y la búsqueda de soluciones, La Meta es una obra de gran valor que debería recibir las atenciones de cualquier ingeniero, cualquier científico, empresario, artista… de cualquier emprendedor, esto es, cualquiera entregado a la misión de llevar a cabo un proyecto.

   Y como resulta que el escritor israelí no basó su experiencia profesional en la escritura, y en cambio despuntó como empresario en la industria del software y, no menos importante, provenía del mundo de la Física, con su ejemplo nos traslada, sirviéndose de una suerte de alter ego en La Meta, esa idea totalizador.  Porque la gestión de un proyecto hunde sus raíces en el conocimiento sin apellidos, y es una disciplina a la que toda persona debería aproximarse puesto que permite su aplicación en cualquier faceta de la vida.  Si nos remontamos en la Historia, esta ciencia práctica bebe de los grandes pensadores de la Antigua Grecia, aspira a objetivar lo subjetivo, a extraer predicciones del comportamiento humano y fiscalizar emociones, fracasos, éxitos.  La gestión de proyectos intenta sacar información de los datos y neutralizar puntos débiles, potenciar talentos individuales, poner en relieve los resultados colectivos.

   Para los que somos de letras algo tan básico como esto nos sigue sonando a chino.  En nuestro anquilosado sistema educativo apenas nos enseñan a pensar, pero todavía menos a hacer, y no es preciso recordar que en el cambiante mundo de hoy tan importante es pensar como hacer. Hemos de replantear nuestros patrones de pensamiento, meditar las ideas y luego hacerlas realidad, porque ideas hay muchas, tantas como seres humanos, pero ideas buenas pocas y menos aún ideas buenas llevadas a la práctica.  Por lo general las personas desconocemos esos procedimientos, no reconocemos la complejidad de llevar a cabo un proyecto bien organizado, qué implica su preparación, el desarrollo de la documentación pertinente y de un calendario de fases y recursos.  Estudian Gestión de Proyectos en Ingeniería pero no en Filología, a lo peos tampoco en las carreras científicas, a pesar de que esta disciplina tiene mucho que contarnos sobre cómo funciona la naturaleza y la sociedad.

   Hay quien dice que solo existe el éxito y el aprendizaje, dando a entender que el fracaso no es sino una circunstancia que nos permite aprender.  Si damos por buena esta postura, podemos concluir que el fracaso viene a ser la falta de acción, y para el resto, para la ejecución de cualquier proyecto, una buena gestión resulta esencial si lo que pretendamos es no quedarnos en el aprendizaje.

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Fargo: Lobos con piel de cordero

Fargo serie, letras bordadas

   A mediados de los noventa Ethan y Joel Coen escribieron, produjeron y dirigieron Fargo, una comedia llena de sangre, maldad y personajes variopintos. En Minnesota, uno de los estados más fríos de Norteamérica, un hombre organiza el secuestro de su mujer para intentar sisar un millón de dólares a su suegro. La cosa no sale muy bien, y la de Fargo es una historia retorcida de personajes variopintos, un juego con los manidos estereotipos del cine y un atentado a toda moral. Para que nos entendamos: Fargo es una comedia de esas de maldita la gracia.

   Casi veinte años después los hermanos Coen se sientan en la silla de productores ejecutivos y sacan adelante lo que vendría a ser una secuela, una historia que parte vagamente de aquellos crímenes de 1987 y que nos traen a nuestros días esa bajeza moral que hace de Fargo, la serie, todo un must en la lista de cualquier adicto a la producción televisiva actual.

   A diferencia de Fargo, la película, estas diez horas de televisión no ofrecen apenas momentos de respiro. La serie es mucho más oscura, más fría si cabe en unos escenarios, los de Minnesota, que durante cuatro meses al año estás cubiertos por una inexpugnable capa de blanco que iguala el paisaje. Aquel Fargo con Frances McDormand en el papel de policía embarazada te arrancaba alguna sonrisa. En el Fargo de 2006, con Allison Tolman interpretando ese mismo rol, la presencia del mal se hace más patente, ya sea por la aparición de un Billy Bob Thornton en el papel de malvado calculador o por su propia ausencia. Lorne Malvo, ese asesino en serie refinado, se desenvuelve como un lobo entre corderos, en una sociedad inocente que contempla patidifusa el derramamiento de sangre que la salpica, sabedora de que el lobo en cuestión está al acecho. Nos estamos acostumbrando a que las series estadounidenses se alejen de las grandes ciudades y en cambio pongan el foco en otros territorios. El Baltimore de The Wire, el Alburquerque de Breaking Bad y la Louisiana de True Detective son solo algunos precedentes. En esta ocasión la historia creada por Noah Hawley nos traslada a ese territorio limítrofe con la gélida Canadá, en el que tener un arma no es opcional y la gente vive con una falsa sensación de paz.

   Y como en la película Fargo, aquí los autores intentan anclar la trama a la realidad, asegurándonos al principio de cada capítulo que los hechos narrados están basados en historias reales. Lo cierto es que los hermanos Coen y Noah Hawley se sirvieron de ciertos crímenes no relacionados entre sí, pero las historias Fargo solo resultan verosímiles si el espectador se presta a ello, si llega a creer que lo que le cuentan podría ocurrir. Porque podría ocurrir. Un mangante de baja estofa podría esconder un millón de dólares bajo la nieve. El chupatintas de enfrente bien podría matar a su mujer a martillazos. La mierda pasa. Fargo juega con lo inverosímil para explicar certezas, como la inexplicable maldad del ser humano.

Martin Freeman as Lester Nygaard in the FX series "Fargo."

   Precisamente esa maldad es el componente más poderoso de la serie, y de hecho aparece encarnada en dos sujetos casi antagónicos que por cuestión de azar llegan a cruzarse. Al personaje de Billy Bob Thornton se suma uno menos previsible. Martin Freeman, conocido por la versión británica de The Office, interpreta a Lester Nygaard, el chupatintas en cuestión, la clase de persona que pide perdón por respirar y que en el momento menos pensado estalla y desata una hecatombe a su alrededor. Ese lobo con piel de cordero es uno más, quizá el más peligroso, de una serie de personajes que deambulan entre la inquina, la inocencia y la cobardía. Fargo es un relato sobre gente que no tiene lo que hay que tener, sobre el daño que podemos causar los humanos con nuestra acción, a conciencia, o con nuestra inoperancia aparentemente inocua. Gente incompleta, entre la que destacan uno o dos personajes que sí saben cuál es su sitio, que sí tienen lo que hay que tener para estar en este mundo de lobos.

   Qué pasaría si el pueblo más apacible comenzara a llenarse de asesinos en serie. Es la pregunta que plantea Fargo, tal vez contestándonos, a medida que vemos sus diez capítulos, que nuestro pueblo siempre estuvo plagado de lobos.

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El Aliento, por Thomas Bernhard

El Aliento, por Thomas Bernhard   Costaría encontrar a escritores tan centrados en la tristeza y la desesperación como Thomas Bernhard. En él no hay paliativos. Las novelas del autor neerlandés reflejan como pocas esa desesperanza del que se sabe desahuciado, cuando la ilusión ha quedado atrás y solo queda asirse a uno mismo para evitar el hundimiento. Quizás esta enorme carga de pena justifica unos escritos en su mayoría cortos, pues sería bien difícil mantener ese tono depresivo en novelas más largas y con una articulación más compleja.

   El Aliento funciona en esa línea. Una novelita sin un solo punto y aparte, en la que Bernhard recuerda como en un pensamiento sin interrupción -un doloroso ejercicio de memoria que solo le roba a uno media tarde- todos aquellos aconteceres que su enfermedad trajo consigo. El protagonista relata la causa de ese mal interior y cómo su paso por el hospital, particularmente por la habitación en la que alojan a los moribundos, le enseña sin edulcorantes la ventaja de la muerte sobre nuestras vidas, el cómo esta siempre termina por ganar la batalla y lo hace sistemáticamente y con todos, aunque el ser humano trate, a veces en vano, de ocultar esa macabra realidad. Solo entonces, durante su estancia en el hospital, el joven aspirante a músico se percata de que hasta la muerte se vuelve método, se convierte en una rutina que le intenta llevar a uno por delante como una apisonadora, como tratando de agilizar el proceso de abandonar este mundo.

   Y en verdad es así. Con su serie de novelas autobiográficas Bernhard no abunda en esa situación de desesperanza. Le basta con narrarla tal cual se manifiesta, porque con la muerte no caben exageraciones ni ambages. La muerte es, sin duda, una de las experiencias que más nos aproximan a la vida, como el sexo, el nacimiento o el comer y el beber, pero más que cualquiera de estas. La muerte de alguien próximo, o los estertores y dolores últimos de uno mismo, son esa revelación ya fuera de plazo, cuando no hay tiempo para dar marcha atrás. Paradójicamente, es esta experiencia reveladora la que mayor potencia nos ofrece para el cambio y la reflexión, si es que uno reúne las fuerzas suficientes o es premiado con la suerte necesaria para no venirse abajo. Debido a su larga convalecencia, así como a la enfermedad de su abuelo, el protagonista reordena su vida para intentar, en la medida de lo posible, hacer realidad sus sueños, o al menos vivir a su manera y no como los demás esperan de él.

   Cualquiera que sobreviva a una experiencia tan trágica como la expuesta en El Aliento -donde precisamente es ese aliento lo único que a uno le recuerda que sigue vivo- saldrá reforzado de nuevo a la existencia, pues conocerá esa única verdad, a saber, que la muerte es segura, y que todos, desde el momento en que nacemos, vamos muriendo poco a poco. Por fortuna, y porque nadie en su sano juicio se acerca a la muerte con el ánimo de aprender sobre la vida, la mayoría de las personas caminamos por el mundo con la capacidad, tal vez con la inocencia, de mirar para otro lado, tratando de no toparnos con la muerte mientras esta no nos reclame.

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‘Desde el Otro Lado del Escaparate’, por Toni Segarra

Desde el Otro Lado del Escaparate, por el publicista Toni Segarra   Si algo he sacado en claro de ‘Desde el Otro Lado del Escaparate’, de Toni Segarra, es la pertinencia de rodearse de talento. Cuando no se goza de ese don ni mucho menos de genio creativo nos queda el consuelo de poder buscar a los talentosos, a los auténticos genios que aún pululan por ahí. No es una búsqueda fácil, porque el talento no abunda, pero es altamente gratificante rodearse de gente así, si nos dejan, para intentar empaparnos de sus virtudes, o para que al menos el resto de la gente nos meta en el mismo saco.

   Por aquello del dime con quién andas y te diré cómo eres.

   Si pese a nuestro empeño no damos con ese tipo de personas, nos queda el consuelo de poder leer libros como este, en el que el publicista Toni Segarra -quien insiste en no ser para nada talentoso y se limita a presumir del talento que le rodea- destila algunas lecciones aprendidas durante su dilatada trayectoria, precisamente en una de las profesiones en las que la creatividad está más a flor de piel. La publicidad es un terreno minado de creativos geniales, verdaderos expertos en tomar el pulso a la sociedad y sintetizar su idiosincrasia. Frente a muchos trabajos publicitarios de vibrante resultado, los logros de otras profesiones adolecen de un anquilosamiento muy poco estimulante. Por eso siempre me fascinó la publicidad, aunque tal y como subraye Segarra recordando a quienes les critican, los publicistas son algo así como el brazo armado del Capitalismo. En el futuro los historiadores se fijarán en los anuncios para comprender las sociedades del pasado. La publicidad es altamente sintomática, pues sin pretenderlo nos habla de la coyuntura económica y de los principios morales que la rigen.

   Este compendio de impresiones de doscientas y pico páginas constituye una reivindicación de esa labor pero, sobre todo, una oda a la creatividad, un llamamiento a derribar las barreras que se interponen en el conocimiento y la creación. De él se desprende la inquietud como actitud vital. Segarra, miembro de la agencia *S,C,P,F, defiende un discurso poco popular, aquel que enfrenta la tendencia a la especialización y en cambio reclama una formación más abierta, una visión de 360 grados, llena de opiniones tangenciales y de incertidumbre. Porque la inquietud es la única actitud válida, y la incertidumbre, el único futuro posible por definición. En un mundo cada vez más complejo, Segarra juega al visionario y trata de dilucidar qué nos vendrá en los próximos años, sabedor no obstante de que esos esfuerzos suelen resultar en vano. Preguntar y preguntarse cosas, querer saber más y más, aunque los campos que estudiemos no estén directamente relacionados con nuestra materia. Esa es, grosso modo, la postura propuesta por Toni Segarra. Él es consciente de que una materia lleva con pasmosa facilidad a otra bien distinta, como aquella entrevista en la que Isaac Asimov planteaba que una persona obsesionada con el baseball podía acabar interesándose por la física en el deporte. Y el publicista abunda en la cuestión, al no descartar las carreras humanistas aunque en teoría no ofrezcan menos salidas laborales. Por otra parte es curioso que, como afirma, tradicionalmente los Nobel científicos suelen ser mucho más jóvenes que los de las disciplinas humanistas.

   Con su postura, Segarra defiende igualmente la búsqueda de la propia vocación. Mientras a los jóvenes estudiantes se les intenta convencer de que sigan ciertos caminos más prácticos, él apuesta por la vocación como única solución de éxito. Es con vocación como uno puede dedicarse en cuerpo y alma a lo que hace, trabajando sin darse cuenta de ello, disfrutando en el proceso. Hoy en día el cortoplacismo es una máxima, a nuestro pesar, y la vocación es el único motor con la fuerza suficiente para embarcarnos en proyectos a largo plazo.

   Un hombre que lleva años en el centro del talento y de las ideas sabe de lo que se habla. Toni Segarra es consciente de que ideas hay muchas, y que lo mismo da si proceden de nosotros mismos o son copiadas con descaro. Lo crucial reside en la ejecución, en la puesta en práctica de esas ideas que, de no llevarse a cabo, nunca habrán existido. Tal vez por la misma razón la forma es tan importante como el fondo, y el producto mismo es la comunicación, y todos nosotros somos, en definitiva, medios de comunicación con patas. El concepto y el resultado deben ser uno solo, y hemos de prestar gran atención a ambos aspectos. ¿Para qué queremos tantas ideas en un mundo con toda esta gente estrujándose los sesos? La forma de distinguirnos es, sencilla y llanamente, la manera en que conseguimos que esos garabatos en el papel cobren vida.

   Aunque al final, y por mucha importancia que tenga la ejecución, son las ideas lo que muchas veces nos conmueve, o nos mueve a actuar, o nos da la vida. Ideas como las contenidas en ‘Desde el Otro Lado del Escaparate’, toda una invitación a pensar, idear, aprender, a imaginar y a crear.

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